En estricto sentido, no le estás mintiendo a tu amigo. Todo lo que dijiste ocurrió de verdad. Pero decidiste elegir tu versión

Imagínate que vas a comer a un restaurante. La comida estuvo excelente, el sabor fue único y los ingredientes eran frescos. Sin embargo, el mesero tardó media hora en llevarte la cuenta y, cuando fuiste al baño, estaba sucio. Al salir, te encuentras a un amigo y te pregunta por el lugar. Tú, de mal humor por la espera, le dices: “Pésimo restaurante, el servicio es lentísimo y los baños son un asco”.
En estricto sentido, no le estás mintiendo a tu amigo. Todo lo que dijiste ocurrió de verdad. Pero decidiste elegir tu versión: guardaste el buen sabor de la comida en tu inconsciente y decidiste proyectar únicamente lo negativo. Tu amigo se irá con la idea de que ese restaurante es un lugar terrible al que jamás debe ir.
En el ejercicio de la comunicación, a este fenómeno cotidiano se le conoce como framing o encuadre. No se trata de inventar mentiras ni de falsificar la realidad, sino de algo mucho más sutil: elegir qué parte de la historia te muestro y qué parte te escondo para que pienses exactamente lo que yo quiero que pienses. Todos lo hacemos en el día a día para justificarnos con la pareja, con el jefe o con los amigos. Mostramos nuestra mejor mitad de la verdad.
El problema escala cuando esta herramienta, tan humana y común, se traslada a la comunicación política y se convierte en el recurso principal para gobernar o para competir por el poder. En la política actual, los datos duros, las estadísticas reales y la complejidad de los problemas ya no importan. Lo que importa es cuál bando logra imponer su propio framing en la mente de los ciudadanos.
Pensemos en una política pública, por ejemplo, la construcción de una nueva avenida en la ciudad. Para quien gobierna, el encuadre será el “progreso”, la “modernidad” y el beneficio para miles de automovilistas; en las redes oficiales aparecerán videos con música inspiradora y testimonios de gente agradecida. Para la oposición, el encuadre será el “caos vial”, la “falta de planeación” y el “gasto innecesario”; te mostrarán fotos de los árboles talados, las quejas de los vecinos afectados y la poca o nula planeación.
Ambos bandos encuadran su verdad. Lo preocupante de esta dinámica es que el ciudadano común ya no tiene el tiempo ni el interés de analizar a fondo quién tiene la razón. El ciudadano simplemente elige la versión que mejor se acomode a sus propios prejuicios: si simpatiza con el gobernante, comprará la historia del progreso; si lo odia, comprará la de la desorganización.
Quien genera información en cualquiera de los dos sentidos no redobla esfuerzos ni talento en solucionar la realidad, sino más bien se empeña en encuadrarla. Nos hemos acostumbrado a ver el ejercicio comunicacional a través de nuestra conveniencia, convencidos de que la pequeña porción que nos muestran es el panorama real.
Al final, debemos acostumbrarnos a ver el escenario completo y, con ello, tener una opinión más sustentada y, aunque encuadrada, propia.
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