Imagen: Edson Martínez
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Hace (2) meses

Delincuencia sin freno en Progreso

Porque cuando la delincuencia comienza a actuar sin miedo, es señal de que algo no está funcionando

Imagen: Delincuencia sin freno en Progreso
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Hay momentos en los que escribir deja de ser un ejercicio de opinión y se convierte en una necesidad moral. Este es uno de ellos. Lo que ocurre hoy en Progreso de Obregón no puede seguir siendo ignorado ni maquillado con discursos oficiales. La inseguridad que se vive en el municipio ha dejado de ser un hecho aislado para convertirse en una constante que lastima la vida cotidiana de las familias.

Hablar de este problema me duele particularmente, porque no lo hago como observador externo. Soy originario de Progreso y conozco a su gente, sus calles y sus comunidades. Por eso la indignación es mayor cuando la delincuencia deja de ser una noticia distante y comienza a afectar directamente a personas cercanas, vecinos, trabajadores y familias que todos conocemos.

Uno de los casos que más indignación provocó ocurrió hace algunos meses en la colonia El Moreno. Delincuentes ingresaron a un templo cristiano humilde, levantado con el esfuerzo de personas que trabajan diariamente para sostener su comunidad de fe. No se trataba de un lugar de grandes recursos, sino de un espacio construido con sacrificio, con aportaciones pequeñas de gente sencilla. Sin embargo, eso no detuvo a los ladrones: entraron durante la noche y se llevaron prácticamente todo el equipo de sonido, cables y aparatos que permitían realizar las reuniones.

Lo más preocupante no fue únicamente el robo. Fue el silencio que siguió. Como ocurre con demasiada frecuencia en México, nadie vio nada, nadie escuchó nada y nadie pudo hacer nada. Y la pregunta inevitable surge: ¿cómo es posible que esto suceda en una comunidad donde existe incluso un cuartel de la Guardia Nacional? ¿De qué sirve la presencia institucional si los ciudadanos siguen siendo víctimas de delitos que ocurren con total impunidad?

Pero este no fue un caso aislado.

Hace apenas unas semanas, una vecina de la tercera edad sufrió otro golpe devastador. Durante la noche, delincuentes ingresaron a su propiedad y se llevaron prácticamente todo su ganado: ovejas que representaban años de trabajo y esfuerzo. Para quienes viven en las comunidades rurales, el ganado no es solo un activo económico: es el resultado de décadas de sacrificio. Es el patrimonio que sostiene a una familia.

Ese robo no fue solamente un delito. Fue la destrucción del trabajo de toda una vida.

Y, sin embargo, la historia se repite: nadie vio nada, nadie sabe nada, nadie responde.

El problema se vuelve aún más grave cuando la delincuencia deja de actuar en la oscuridad y comienza a hacerlo a plena luz del día. En meses pasados, frente a una tienda de abarrotes ubicada a unos metros de la delegación de El Moreno, hombres armados interceptaron a un proveedor que realizaba la entrega de mercancía. Lo amenazaron y le quitaron el dinero que llevaba consigo.

Lo más alarmante no fue solamente el asalto, sino el lugar donde ocurrió: prácticamente frente a la autoridad local.

Y como si esto no fuera suficiente, esta misma semana se repitió un hecho casi idéntico. En la misma tienda, otro proveedor fue amagado con armas de fuego por sujetos encapuchados. Todo ocurrió en pleno día, frente a niños y vecinos que se encontraban comprando en el establecimiento. Lo despojaron de su dinero, recursos que, sé de primera mano, necesitaba para reparar la camioneta con la que realiza su trabajo de reparto.

La escena no pudo ser más clara: delincuentes armados actuando con total libertad a escasos metros de la delegación.

Estos casos, que parecen sacados de una crónica de inseguridad de grandes ciudades, están ocurriendo en un municipio pequeño, en comunidades donde hasta hace algunos años la vida transcurría con tranquilidad. Por eso el problema no puede minimizarse ni tratarse como hechos aislados.

Cuando los robos a templos, el abigeato y los asaltos armados comienzan a repetirse en una misma zona, el problema deja de ser delincuencia común y se convierte en un síntoma de algo más profundo: la ausencia del Estado.

Porque la seguridad pública no se mide por discursos ni por comunicados oficiales. Se mide por la tranquilidad con la que un ciudadano puede salir a trabajar, abrir su negocio o dormir en su casa sin miedo.

Hoy, en varias comunidades de Progreso de Obregón, esa tranquilidad comienza a desaparecer.

Y ante esta realidad surge una pregunta inevitable: ¿qué está haciendo el gobierno municipal?

La seguridad es una de las funciones más básicas de cualquier administración. No es un logro extraordinario ni una concesión política: es la obligación fundamental de cualquier ayuntamiento. Garantizar que los ciudadanos puedan vivir y trabajar sin miedo debería ser la prioridad número uno de cualquier gobierno local.

Sin embargo, la percepción entre muchos habitantes es que el ayuntamiento ha sido incapaz de enfrentar este problema con la seriedad que requiere. Mientras los delitos se repiten y los ciudadanos se sienten cada vez más vulnerables, las respuestas oficiales parecen quedarse cortas o simplemente no existir.

Esto no significa que el problema sea exclusivo del municipio. La inseguridad es un fenómeno complejo que requiere coordinación entre distintos niveles de gobierno. Pero precisamente por eso es indispensable que la autoridad municipal asuma su papel, fortalezca la vigilancia y trabaje de manera coordinada con el gobierno estatal y las corporaciones de seguridad.

Porque cuando la delincuencia comienza a actuar sin miedo, es señal de que algo no está funcionando.

Progreso de Obregón es un municipio de gente trabajadora, de familias que han construido su patrimonio con años de esfuerzo. No es justo que hoy tengan que vivir con la preocupación constante de que su trabajo, sus pertenencias o incluso su tranquilidad puedan desaparecer de un momento a otro.

Por eso es necesario decirlo con claridad.

La alcaldesa Lorena Estrada Flores y su gabinete tienen la responsabilidad de atender este problema con urgencia. No basta con discursos ni con declaraciones. Se necesitan acciones concretas, presencia policial efectiva y una estrategia real de seguridad que devuelva la confianza a los ciudadanos.

Porque la peor consecuencia de la inseguridad no es solamente el delito en sí: es la sensación de abandono que queda cuando las autoridades parecen incapaces de proteger a quienes gobiernan.

Y ningún municipio debería acostumbrarse a vivir con esa sensación.

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