La proporción del gasto federal destinada a cultura ha disminuido hasta rondar apenas el 0.13 por ciento del gasto total en años recientes. La ecuación es sencilla y brutal: más aspirantes, menos recursos…

En el ecosistema artístico mexicano, la convocatoria ha dejado de ser un instrumento para convertirse en un entorno. No se trata de momentos específicos, sino de una atmósfera permanente en la que los creadores existen como solicitantes crónicos. Todo artista es, en potencia, un postulante. Y toda obra, antes que un gesto expresivo, es un expediente en preparación.
El fenómeno no es nuevo, pero sí su escala. Nunca hubo tantos artistas profesionales, tantos colectivos organizados, tantas trayectorias en formación. La expansión institucional —escuelas, universidades, circuitos independientes— ha producido una masa crítica que, en términos económicos, no es menor: el sector cultural aporta alrededor del 2.8 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) nacional y genera más de 1.4 millones de empleos. Sin embargo, ese crecimiento no ha encontrado su correlato en el presupuesto público. La proporción del gasto federal destinada a cultura ha disminuido hasta rondar apenas el 0.13 por ciento del gasto total en años recientes. La ecuación es sencilla y brutal: más aspirantes, menos recursos.
De ahí que la vida artística se haya desplazado, casi imperceptiblemente, del terreno de la creación al de la gestión. El tiempo que antes se invertía en la obra se reparte ahora entre formularios, carpetas, cartas de intención, comprobaciones fiscales y cronogramas hipotéticos. Convocatorias, además, cada vez más complejas y burocratizadas. No es casual que, en ciertos momentos del año, coincidan convocatorias claves —los sistemas de apoyos del antiguo Fonca (hoy SACPC), estímulos fiscales como Efiartes, programas de coinversión y apoyos estatales—, generando una suerte de temporada alta de la postulación. El artista no crea: aplica. Y lo hace de manera simultánea, estratégica, casi industrial.
Lo verdaderamente significativo no es la escasez —condición histórica del campo cultural—, sino la forma en que esta escasez organiza las prácticas. La convocatoria no solo distribuye recursos; modela comportamientos. Establece lenguajes, impone formatos, delimita lo decible. Se aprende pronto qué tipo de proyecto es legible, qué tono resulta financiable, qué clase de riesgo es tolerable. En ese aprendizaje, inevitablemente, algo se ajusta: la obra empieza a escribirse con la convocatoria en mente.
Pero hay una figura menos visible: la del postulante que nunca obtiene el apoyo. El que acumula rechazos, el que perfecciona una y otra vez su carpeta, el que traduce su trabajo a todos los lenguajes administrativos posibles sin lograr atravesar el umbral. Ese sujeto, lejos de ser excepcional, es estructural. Porque el sistema no está diseñado para incluir a la mayoría, sino para administrarla. Su función no es solo seleccionar, sino regular la expectativa.
En esa repetición —postular, no obtener, volver a intentar— se produce un tipo particular de desgaste. No únicamente económico, sino cognitivo: una forma de fatiga que erosiona la relación con la obra. El proyecto deja de ser una necesidad expresiva para convertirse en una posibilidad estadística. Se escribe no lo que urge, sino lo que puede pasar el filtro. Y cuando no pasa, la frustración no es solo material, sino también simbólica: el artista empieza a pensarse como alguien incapaz de “formular correctamente” su propia práctica.
No se trata de una conspiración ni de una imposición explícita. Nadie obliga a nadie a solicitar una beca. Pero la estructura de incentivos es lo suficientemente clara como para orientar decisiones y, de paso, enrarecer el campo con una economía afectiva de competencia, sospecha y resentimiento. A falta de recursos suficientes, lo que se reparte no es solo dinero: es legitimidad.
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