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A criterio deColumnasUlises Vidal

La utilidad del arte


Para Mayté Romo, por el café

1: Segunda Parte de II (…) Si la humanidad hizo todo su camino sabiendo de qué se trataba, la promesa de felicidad que encierra la ignorancia resulta sospechosa. Primero, porque no se presenta a cara descubierta como la ignorancia; al contrario, la sobreoferta de información intenta convencernos de que sabemos más que nunca. Más que como ignorancia se presenta como una forma de dichosa impotencia eficaz. No sabemos cómo funciona la cámara de video. ¿Y qué? ¿No podemos usarla para registrar nuestros cumpleaños o vacaciones? ¿No podemos usarla para darle más sentido a nuestras vidas? Lo que se perdió en todo caso fue una ilusión de virilidad y autosuficiencia, tanto más ilusoria porque antes estábamos tan sojuzgados a los poderes como lo estamos ahora. La Revolución en última instancia era la idea de desarmar la sociedad “hasta la última tuerca” y volverla a armar, pero la idea de Revolución caducó, de lo que podemos consolarnos pensando que la sociedad vuelta a armar iba a ser tan injusta y alienante como la anterior. Después de todo, los bricoleurs domésticos cuando volvían a armar el auto obtenían el mismo auto del que habían partido, no un avión. Pero el conocimiento era algo más que circular. Quizás no tanto por el conocimiento en sí como por el tipo de inteligencia que ponía en acción. Y la inteligencia bien podría ser de esas cosas que no funcionan si no están completas. La mutilación de una rama marginal podría secar todo el árbol; o, para emplear una metáfora menos orgánica, retirar un ladrillo puede producir el derrumbe de todo el edificio. Sea como sea, valdría la pena preservar, por si acaso, ese instrumento de la evolución. Podría ser útil en los países no desarrollados, porque hay que recordar que el mundo está lejos de alcanzar un desarrollo homogéneo. Pues bien, a esto iba: el arte sigue siendo el mejor campo de práctica y experimentación de la vieja inteligencia, la que se imponía el objetivo de saber cómo funcionaban las cosas, y cómo funcionaba el mundo. Se objetará que esto equivale a darle entidad a la vieja metáfora derogatoria del arte como “arenero” (hoy deberíamos decir “pelotero”); pero se trata de un arenero pedagógico, no meramente hedónico, y en realidad no tanto pedagógico como de practica o entrenamiento, o más bien preservación. En efecto, la práctica del arte es la única con consenso social en la que pueda desarrollarse un saber que en todos los otros ámbitos está en acelerado proceso de extinción. Esto se debe a la radicalidad inherente del arte, que no se diferencia de las artesanías y la manufactura utilitaria sino en su capacidad (sin la cual no es arte) de desarmar por entero el lenguaje con el que opera y volverlo a armar según otras premisas. Si no retrocede hasta el punto de partida no es arte, aunque lo parezca. Esto lo sabe todo artista de verdad, así sea intuitivamente, y lo hace cada vez que pone manos a la obra. Las vanguardias de todo tipo han explorado esta radicalidad más o menos sistemáticamente. Y esto explica por qué no hubo vanguardias antes de que se esbozara la era de “las cajas negras”. Durante dos mil o tres mil años la humanidad pudo hacer arte auténtico limitándose a aprender el oficio de los que habían hecho antes. El arte estaba al mismo nivel de cualquier otra actividad, en tanto todas ponían en práctica un saber completo y saltos de sus cadenas causales. El artista no necesitaba postularse como detentador de una inteligencia sin zonas oscuras, porque ese tipo de inteligencia era el que usaban todos. De las vanguardias, la que fue más lejos en esa dirección fue el Constructivismo ruso. Oponiéndose al concepto de “composición”, propio del usuario de la práctica artística, el de “construcción” significaba que la obra de arte debía exhibir su proceso de factura desde cero, de modo que no solo el artista sino también el espectador, pudiera desarmar “hasta la última tuerca” la pieza y volverla a armar tal como la tenía ante los ojos. El Constructivismo no pudo sostenerse en el tiempo: habría necesitado una Revolución (y eso creían estar haciendo sus miembros). Pero sus premisas han persistido, mil veces transformadas, hasta hoy. Y esas premisas dan el hilo conductor del sentido de la obra del artista más representativo del siglo, Duchamp. Es el concepto de base llamado ”arte conceptual”: el concepto del arte mismo. La famosa obra de Duchamp, la que encierra todas las otras que hizo, el Gran Vidrio, se propone como “máquina transparente”, la máquina modelo de la que verse a simple vista como fue hecha, el antídoto definitivo a todas las “cajas negras” que proliferan en forma creciente a nuestro alrededor. Poéticamente, en lo que tomo como un homenaje a los bricoleurs domésticos de mi infancia, Duchamp dijo que el Gran Vidrio, la Casada Desnudada por sus Solteros, debía verse “como el capot de un auto”. Mi conclusión es que el arte, esa actividad que suele verse cómo decadente o en decadencia, hoy tiene una función. Y no es esa función retrógrada o conservacionista, como podrían hacer pensar mis propias evocaciones juveniles. Porque las cajas negras entre las que vivimos no son tan negras en realidad. O admiten rodeos para pasar al otro lado de su oscuridad y ponerlas a funcionar a nuestro favor. El artista en nuestra sociedad es el único ciudadano corriente, no financiado por el poder, que trabaja con una materia sofisticada y actual que no es una caja negra, es decir que puede ser desarmada y reconstruida enteramente. Es el único que usa un tipo de inteligencia que se está atrofiando en el resto de la sociedad. Pero esta actividad actúa a su vez sobre las “cajas negras”, les quita funcionalidad (y, por lo tanto, misterio) al mostrar como funcionan en la máquina social englobante. Y no importa que los artistas sean fraudes. La conceptualización generalizada que apunta lo anterior parece incrementar la posibilidad de fraude, y lo hace realmente, pero no importa. Al contrario, cuando más fraudulentos sean los artistas, más enérgica será la puesta en marcha de este mecanismo de radicalización. En cuanto al uso de formatos artísticos que hace la cultura popular, por ejemplo en le cine o la música, hay que decir que cede miserablemente a la lógica de la caja negra: se aprieta un botón (es decir, se usa a ciegas un lenguaje artístico sin desarticularlo previamente) y se espera un resultado, que no es otro que el éxito o la venta. Y todos los que han buscado el éxito saben que por definición resulta de un proceso misterioso e imprevisible fuera de nuestra vista, dentro de la caja negra.

2: Escriban sus comentarios, críticas y más críticas y nada de elogios a: u_vidal@hotmail.com twitter: @Vidal_Evans

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