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A criterio deColumnasHéctor de Mauleón

El “Frankenstein” que resolvió el bombazo de Salamanca


Así de rápido enciende la pólvora negra y en cantidades mínimas produce explosiones como esta. Sin embargo, en cantidades superiores y en un recipiente cerrado puede causar una detonación de grandes proporciones como la ocurrida en el atentado del centro comercial de Las Condes”, se escucha en un reportaje transmitido por televisión, en el que Eduardo “N” y Georgina “N” se inspiraron al momento de planear el asesinato de un empresario restaurantero ocurrido la semana pasada en Salamanca, Guanajuato.

En el reportaje, un académico de la Universidad de Chile explicaba:

“A medida que [la pólvora] se va quemando, aumenta la presión interior del recipiente: con esto aumenta enormemente la velocidad de quemado y finalmente produce una tremenda explosión”.

El reportaje explicaba lo sencillo que era construir un artefacto explosivo tan letal como el que estalló en el

“Subcentro” de Las Condes, en Santiago de Chile, el 8 de septiembre de 2014:

“Un reloj, baterías, filamentos de una ampolleta como detonador y un extintor, elementos esenciales para la fabricación de una bomba muy sencilla de conseguir…”.

Ese día, un extintor con dos kilos de pólvora negra y un sistema de relojería análoga, que había sido depositado en uno de los botes de basura del centro comercial, estalló causando severas lesiones a 14 personas, algunas de las cuales perdieron los dedos o presentaron fracturas de carácter grave.

Dicho atentado fue considerado el más grave ocurrido en Chile a lo largo de dos décadas.

Se hallaba en el teléfono de Eduardo “N”, uno de los autores intelectuales del ataque ocurrido en el restaurante Barra 1604, de Salamanca, Guanajuato.

El 20 de septiembre, en el municipio de Cortazar, los esposos Eduardo “N” y Georgina “N”, estacionaron la camioneta Nissan estaquitas de la que habían salido de Valle de Santiago y abordaron un taxi que los condujo a Salamanca.

El conductor recordó más tarde que la pareja llevaba “una bolsa negra, algo grande, como un regalo”. Los pasajeros le pidieron que abriera la cajuela para depositarlo ahí. Era la bomba que ese día mató a dos personas e hirió a cuatro más.

La pareja llevaba también un teléfono de prepago que habían dado de alta en Comonfort y que meses atrás había sido robado a un usuario.

En Salamanca, los esposos entraron en contacto con el encargado de una empresa de moto envíos que se anunciaba en redes sociales y se dedicaba a entregar regalos y arreglos florales. El contacto se hizo vía WhatsApp.

Dos hermanos –hombre y mujer- acudieron a recoger el regalo al lugar indicado (a 12 kilómetros del restaurante). La caja que Georgina “N” les entregó parecía contener globos, confeti y serpentinas. La mujer les pidió que le llevaran el paquete a Mauricio Salvador Romero Morales, socio del Barra 1604, que aquella tarde se encontraba celebrando su cumpleaños.

La indicación fue que entregaran el regalo a las afueras del establecimiento y le avisaran por mensaje en cuanto Romero lo tuviera en las manos (la primera versión de las autoridades indicó que el regalo iba dirigido al socio de Romero, Mario Alberto Hernández Cárdenas, quien también moriría a consecuencia del bombazo). “Se los encargo mucho”, les dijo.

Los mensajeros cobraron 50 pesos por el servicio. Para ellos, todo iba a quedar destruido a partir de esa tarde.

Según las investigaciones, cuando Eduardo “N” recibió el aviso de que el paquete finalmente había sido entregado, activó el artefacto explosivo a distancia, a través de una llamada telefónica.

Ambos socios murieron a consecuencia del impacto. Cuando la joven del servicio de moto envíos –quien se contó entre los heridos- relató lo que había ocurrido, los investigadores supieron que la mejor pista disponible estaba de momento en el teléfono del mensajero.

Pero el aparato había resultado seriamente dañado a consecuencia de la explosión. Expertos de la fiscalía del estado tuvieron que reconstruirlo, “hacer una especie de Frankenstein”, para llegar al sistema operativo y duplicar la pantalla.

Lograron rescatar 22 minutos de capturas. Ahí estaba registrado el sitio en el que el paquete había sido entregado. Mediante cámaras de vigilancia se logró ubicar el número económico del taxi que Eduardo y Georgina habían abordado: se analizaron casi 600 horas grabadas en cámaras de video para lograr captar la ruta, en retrospectiva, que los autores intelectuales habían realizado.

Fuentes que llevan la investigación indican que la víctima había recibido de su asesino un millón 200 mil pesos, a fin de que pudiera abrir el restaurante. Eduardo “N” esperaba ser incluido como socio, lo cual no ocurrió, “por lo que se sintió traicionado”. Retrasos en el pago del dinero lo llevaron a idear la manera de darle a la víctima un escarmiento.

Halló de pronto información sobre lo fácil que era hacer un artefacto como el que explotó en Las Condes. Pagó 50 pesos para que se lo llevaran a su víctima.

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