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A criterio deColumnasMarco Moreno

De otro tiempo


Soy un mexicano de otro tiempo. Un tiempo en el que a decir de muchos no ha pasado nada, un espacio generacional que constantemente ha sido señalado como silencioso frente al poder, muy silencioso a decir de quienes piensan que el primer presidente de México se llamó Carlos Salinas de Gortari o que la democracia en México inicio cuando el presidente Andrés Manuel tomó posesión.

Corta la mirada histórica de los unos y miope la de los otros.

Hay que empezar diciendo que la democracia mexicana, para ser justos, ha vivido momentos oscuros, por un lado y, por otro, seguidismos arcaicos que, en muchas ocasiones no revelan la realidad mexicana, ni atrapan la cosmogonía de la política mexicana.

Al menos no como lo hiciera el partido Comunista Mexicano que le negó el apoyo a Lázaro Cárdenas y después se vuelca en jubilosos jolgorios en la campaña de Manuel Ávila Camacho. O como Octavio paz en el Laberinto de la soledad donde esculca la idiosincrasia del pueblo mexicano y su hartazgo del hartazgo de estar harto.

Al menos no como la explota cada mañana el presidente de la república, en su conferencia matutina, donde señala y muestra la ruta a seguir para quienes lo apoyan y el camino de la angustia, la desesperación y el sonrojo para quienes se le oponen.

Soy de un tiempo en el que la política, no la de izquierda, la otra, la pro socialista se hacía en senderos perdidos y en mazmorras sucias cuando te atrapaba la policía con tu montón de cartelitos alborotadores. Que timbre de orgullo, se diría en Palacio Nacional, ser llamado alborotador, aún más, ser llevado a las galeras de cualquier ciudad por colocar propaganda subversiva.

En un principio, los médicos, en otro momento lo ferrocarrileros, Valentín Campa, en otro momento los estudiantes en el 68. Carlos Illades Aguiar, diría, con toda certeza, que cada movimiento se estudia en su contexto y en su origen y en ocasiones juntos en la realidad que los construye, “son dos cosas distintas, pero a veces pueden ir juntas. Los movimientos sociales son expresiones de la política callejera” señaló una ocasión frente a medios.

Fueron miles y miles de hombres y mujeres que caminaron gritaron “Si se puede” en las postrimerías de la década del 50 del siglo 20, las mismas que influyeron con sus luchas en los subsecuentes movimientos de la ciudad y el campo.

Miles de voces que caminaron a un mismo grito construyendo los espacios de diálogo social lugar por lugar, territorio a territorio. 

Soy de otro tiempo, si, sin lugar dudas, la lucha en aquel momento estaba encaminada a unir al pueblo de México, a llevarlo a reconocerse como pobre, como excluido, como abandonado por los gobiernos de una democracia elitista y expoliadora.

Por eso, el día que alguien se plantó frente a mi y con una sonrisa sarcástica me pregunto, y tú… ¿Dónde estabas cuando los gobiernos corruptos actuaban en México? Con toda certeza le respondí, donde tu no serías capaz de resistir un solo momento.

Afectando a las familias adineradas de Tamaulipas en sus tierras para crear nuevos ejidos, muchos de ellos ahora militando en el partido al que le sirves. De hecho, uno, de esas familias, fue electo gobernador en ese estado.

A los poderosos de Jalisco, arrebatándoles un poco de lo mucho que le han expoliado al pueblo y regresándolos en forma de ejidos; respaldando a las comunidades de Hidalgo para que sus títulos virreinales fueran plenamente reconocidos por la autoridad agraria. 

En la Mixteca de Oaxaca, caminando a San Antonio, por los parajes de “llueve de abajo” para marchar a la capital oaxaqueña y demandar justicia. Dirigiendo una de las más poderosas organizaciones campesinas del país al servicio del pueblo.

Si, soy de otro tiempo, un tiempo que la corta memoria y la mirada miope del presente no puede alcanzar a comprender. Y aún quedamos unos cuantos, un centenar o más que sabemos, la lucha sigue, que el país no depende de la voz de un solo hombre, que necesita la organización, la educación política, la independencia económica como eje de la vida nacional.

Un puñado que saben que, en el desarrollo científico y tecnológico, se encuentra la mejor posibilidad para crecer como economía, que una educación nacional, basada no en las necesidades de los grandes corporativos globales, sino en la necesidad propia de progreso, y que eso, es mucho mejor que lo que hoy mismo los plañideros del futuro pretenden pregonar.

Tan de otro tiempo que puedo darme cuenta que la transformación de la vida pública del país, es meramente sensorial, contemplativa y ajena al pueblo que se pretende representar.

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