Cuestión de dosis
 
Hace (15) meses
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El gran Nelson Rodrigues afirmaba que somos muertos frustrados. El cabo Reyes era más que eso. Su figura consumida, sus ojeras dramáticas y su inquietante palidez no sugerían a alguien que se prepara para el sepulcro sino que viene de ahí.

Trabajaba en una oficina de gobierno con la callada disciplina de los ritos funerarios. Había pasado unos años en el Ejército, donde obtuvo un rango olvidable, pero la burocracia es tan deprimente que eso le otorgaba méritos por contraste. Su lejano vínculo con las Fuerzas Armadas lo destacaba en medio de los expedientes.

Revisaba papeles bajo un acatarrado tubo de neón. Los espasmos de luz enfatizaban su semblante cadavérico y la incierta condición de los documentos.

Afuera del edificio, en la banqueta de las tortas y los tamales, el cabo Reyes era una leyenda. Los coyotes que ofrecían atajos para los trámites lo mencionaban con esotérico respeto: “Puedo hacer que tu fólder llegue a su escritorio”, me dijo un hombre que comía pepitas desde las seis de la mañana en la entrada del edificio; luego mencionó la cuota, siempre excesiva, que se conoce como “una corta feria”.

Hago una pausa para decir algo poco edificante. En esa temible oficina los ciudadanos solo podían ser honestos por error. Las largas colas para llegar a la ventanilla equivocada, el sello siempre pospuesto, el anuncio de “hoy no vino el responsable”, el error de llevar un fólder tamaño carta cuando se requería uno tamaño oficio, desafiaban a quien quisiera acatar las normas. Es verdad que las paredes habían sido pintadas en un color verde pistache que supuestamente relaja, pero yo las vi durante horas sin sentir la menor calma.

La tortura de estar ahí llevaba a una clarividencia repentina y aceptabas el alivio de los coyotes. Fue así como llegué al escritorio del cabo Reyes.

Abrió mi fólder y retiró los billetes con la confianza de quien los destina a obras de caridad. Me sorprendió el esmero con que trataba los expedientes que me parecían insoportables.

Mientras me atendía, abordó un tema ideal para su aspecto: llevaba corbata negra porque iría a un velorio. “Ya no es como antes”, agregó en forma enigmática. Le pregunté a qué se refería y dijo que en otros tiempos la gente era velada en su casa; se preparaban los guisos que le gustaban al difunto y a veces hasta se ponía música. “Las funerarias son como la comida refrigerada”, añadió. Tenía nostalgia de la época en que la sandía solo se encontraba en verano y los muertos eran despedidos en su cama.

Regresé algunas veces más a su escritorio. En una de mis visitas mencioné la vacilante luz en el techo. “Así me concentro mejor”, respondió. Solo alguien con gran capacidad para adaptarse a los defectos podía rendir tanto en ese sitio. La paradoja es que Reyes no tenía ningún defecto, o solo tenía uno, al que se había visto obligado y al que yo había contribuido.

Mi tercera visita ocurrió al término de la jornada y me invitó a tomar un “fuerte” en una cantina cercana. Ante una cuba que destiñó con agua mineral, le pregunté por el Ejército. Contó que había dejado las armas por amor. El fúnebre burócrata ocultaba a un romántico tan disciplinado para la pasión como para los trámites. Cuando se enamoró de una mujer que no quería casarse con un soldado, renunció a la milicia y se convirtió en un marido ejemplar. Al poco tiempo, ella se aburrió de estar con alguien tan correcto y exclamó: “¡Diviérteme con un error!”.

Es posible que ella hubiera oído demasiados boleros que celebran equivocaciones, pero así fue como le dijo.

Eso lo animó a aceptar los sobornos que hasta entonces rechazaba. Su sueño era comprar una casita. “¿Dónde?”, le pregunté. “Donde pueda hacerme el muerto”, contestó.

Si un amigo padecía trámites, le recomendaba que fuera con el cabo Reyes. El último que lo buscó supo que había dejado la oficina entre rumores. Sus gestiones habían sido tan impecables que llegaron a oídos de la alta ilegalidad. Según dicen, le ofrecieron una cantidad tan grande para regularizar fechorías que prefirió desaparecer.

Reyes cometía errores leves para animar a su esposa y facilitarles la vida a los extraños. Pero en la burocracia incluso el éxito debe ser mediocre. La fortuna que le ofrecían lo hizo sentir como un ladrón. No había sido desenmascarado por la ley sino por el hampa.

Su caso era clínico. No en balde, Paracelso dijo: “La dosis hace el veneno”.

ÁTICO
Hay oficinas de gobierno donde solo se puede ser honesto por error. Un fúnebre burócrata destacó facilitando la vida a los extraños.

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