La docente recorre cinco kilómetros de la comunidad Acuapa a Rancho Nuevo

La maestra debe avanzar a pie por un sendero angosto que serpentea entre la maleza y atraviesa un cerro | Foto: Salomón Hernández
Cuando el amanecer apenas ilumina los cerros de la Huasteca hidalguense, la maestra Yohali Hernández Fernández ya está lista para iniciar una jornada que pocos estarían dispuestos a recorrer todos los días. Con una mochila verde al hombro, cargada de hojas de colores, gises y material didáctico, comienza una caminata de varios kilómetros por veredas y pendientes para llegar al preescolar indígena Juan Escutia, en la comunidad Rancho Nuevo, en Huejutla.
El trayecto inicia en Acuapa. Aunque en el mapa la distancia parece corta, la realidad es otra. No hay transporte público ni una carretera totalmente pavimentada que conecte directamente con la localidad. La única opción es avanzar a pie por un sendero angosto que serpentea entre la maleza y atraviesa un cerro.
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Son alrededor de cinco kilómetros de subida constante. El camino está marcado por piedras sueltas, raíces expuestas y tramos donde apenas cabe una persona. Durante la temporada de lluvias, el suelo se convierte en lodo resbaladizo.
El calor húmedo de la región vuelve todavía más agotador el recorrido. En medio del silencio del monte, únicamente el canto de las aves rompe la monotonía del trayecto. Aun así, Yohali avanza con paso firme, consciente de que al otro lado del cerro la esperan 16 alumnos que dependen de ella para aprender sus primeras letras y números.
En el pequeño preescolar multinivel, Yohali atiende simultáneamente a ocho alumnos de tercer grado, seis de segundo y dos de primero. En un mismo salón, la maestra debe dividir actividades y adaptar estrategias para que todos aprendan de acuerdo con su edad.

Para la maestra, trabajar en un grupo multinivel representa un reto, pero también una oportunidad de aprendizaje colectivo. “Los más grandes ayudan a los pequeños y desarrollan la habilidad de explicar. Eso les favorece mucho”, señala.
Asegura que, pese a las dificultades, la experiencia ha sido gratificante. Destaca la participación de los niños y el respaldo de las familias. “Los niños responden, están avanzando, son participativos y las familias son muy tranquilas. Eso facilita mucho la enseñanza”, comenta.
En comunidades apartadas como Rancho Nuevo, Huejutla, la escuela es el único espacio donde los menores pueden convivir, jugar y descubrir un mundo diferente al que existe alrededor de los cerros.
“Es bueno que los niños estén aprendiendo, que sean felices en el aula y quieran venir a la escuela. Muy rara vez faltan”, señala la maestra Yohali.
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Al terminar la jornada escolar, Yohali emprende el camino de regreso bajo el sol del mediodía. La misma vereda, el mismo cerro y el mismo cansancio acompañan su retorno.
Para ella, la vocación docente implica llegar hasta donde están los niños, incluso en las comunidades más alejadas.

La historia de la maestra refleja la realidad silenciosa de muchos docentes rurales en Hidalgo, quienes todos los días cruzan montañas, lodo y largas distancias para evitar que la marginación también signifique abandono educativo.
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