El fenómeno natural dejó muerte, destrucción y una herida que sigue abierta en quienes lo vivieron

Calles convertidas en ríos, casas arrasadas, cuerpos rescatados entre los escombros, esa fue la escena que dejó Diana | Foto: Especial
La madrugada del 6 de agosto de 1990 quedó grabada en la memoria colectiva de Huejutla. Aquel día, el huracán Diana golpeó con fuerza la región Huasteca y dejó a su paso muerte, destrucción y una herida que, 35 años después, sigue abierta en los recuerdos de quienes lo vivieron.
Con vientos superiores a los 150 kilómetros por hora y lluvias torrenciales durante horas, Diana desbordó ríos, arrasó caminos, viviendas y cultivos; además, 139 personas fallecieron y miles resultaron damnificadas. Para muchos, fue la noche más larga y oscura de sus vidas.
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Lucio Ramírez Mendoza, comerciante del centro, recuerda con claridad el impacto que tuvo el fenómeno en el corazón comercial del municipio. “El mercado parecía como si le hubiera caído una bomba. Puestos destrozados, techos caídos, el piso lleno de lodo y agua. Nadie podía creerlo. Era como despertar en una pesadilla”, explicó mientras señalaba el lugar donde trabajaba con su familia.
En la comunidad Tahuizán, la tragedia también fue brutal. “El puente de piedra se convirtió en una represa natural porque se atoraron troncos y escombros. Cuando ya no aguantó y cedió, la corriente destruyó todo lo que encontró. Las casas se vinieron abajo, los gritos se perdían entre el ruido del agua”, rememoró María Hernández Hernández.

Las imágenes de ese desastre fueron devastadoras: calles convertidas en ríos, casas arrasadas, lodo hasta las rodillas, cuerpos rescatados entre los escombros. Familias completas desaparecieron y otras sobrevivieron apenas con lo que llevaban puesto.
Ante la magnitud de los daños ocasionados por Diana, muchas personas que lo perdieron todo fueron reubicadas en una zona entonces despoblada al sur de la ciudad. Así nació la colonia Parque de Poblamiento, actualmente la más grande de Huejutla. “Aquí llegamos con lo poco que nos quedaba; algunos con solo una cobija y sin saber si volveríamos a tener un hogar. Pero empezamos de nuevo”, contó María con los ojos humedecidos.
Hoy, esa colonia es testimonio vivo del espíritu de lucha de cientos de damnificados por Diana. Las nuevas generaciones caminan por calles que nacieron del desastre, sin saber que sus hogares fueron construidos sobre el dolor, pero también sobre la esperanza.
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A 35 años, la tragedia que ocasionó el paso del huracán sigue presente en la memoria de Huejutla. Diana no es solo un episodio doloroso, sino un recordatorio de la fuerza de la naturaleza, la fragilidad de la vida y la capacidad de resiliencia de un pueblo que, aun entre la pérdida, encontró la manera de levantarse.
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