La representación, que duró más de tres horas, fue seguida por más de un millar de personas

La representación de la muerte y pasión de Cristo en El Arbolito fue seguida por más de mil personas | Foto: David Martínez
Bajo un sol abrasador y entre el bullicio de las estrechas calles, el Barrio Mágico El Arbolito se convirtió nuevamente en escenario de una de las tradiciones más arraigadas de la capital hidalguense: el viacrucis viviente, que este año celebró su edición número 56.
Desde temprano, vecinos, curiosos y fieles comenzaron a reunirse en los callejones que serpentean por la zona.
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A las 11:30 en punto, la representación arrancó en el punto conocido como El Gato Montés con los azotes y el juicio.
Salvador Pichardo, joven actor principal, asumió por primera vez el papel de Jesús, reviviendo una tradición familiar que inició su abuelo hace más de cinco décadas, quien personificó por primera vez a Cristo.

La escenificación recorrió más de 5 kilómetros, pasando por las siete minas históricas que dieron origen al centro de Pachuca, convertidas por un día en estaciones del calvario bíblico.
Entre empujones, oraciones y celulares grabando, la procesión avanzó tras el hombre con la cruz de más de 100 kilos en su espalda.
Las caídas de Cristo se dieron en puntos simbólicos del barrio: la mina San Juan, la calle del Porvenir y finalmente cerca del Cuixi, donde ocurrió la crucifixión.
En ese tramo, apareció también Simón de Cirene, quien ayudó a cargar la cruz, como dictan los textos sagrados.
La representación fue seguida por más de mil personas, número que era difícil de calcular, pues entre los callejones se unían más asistentes.
A los costados, vendedores ambulantes ofrecían desde aguas frescas, botanas y hasta cerveza, en un ambiente que mezclaba devoción con la inevitable cotidianidad del denominado barrio mágico.
Al llegar a la última estación, tras casi tres horas de recorrido, el escenario final se preparó entre aplausos y expectación.
Las tres cruces fueron alzadas por un grupo de asistentes, que ayudaron a colocar a los actores en lo alto, mientras el calor y el esfuerzo físico comenzaban a cobrar factura.
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El viacrucis viviente, más que una representación religiosa, se erige como un recordatorio de que el Barrio de El Arbolito está lejos de ser solo el reflejo de su mala fama.

Con cada paso del recorrido, sus calles empedradas se convierten en símbolo de tradición, fe y unidad, desafiando los estereotipos y demostrando que, bajo el sol abrasador y la multitud, hay un núcleo social, que sigue luchando por dejar atrás las sombras del pasado.
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