Tras el rescate de Popeye, activistas y ciudadanos destacaron la importancia de denunciar el maltrato animal en Hidalgo, ya que la rápida difusión del caso permitió salvar la vida del perro

El caso de Popeye en Tulancingo, Hidalgo, evidenció una vez más la gravedad del maltrato animal, luego de que un video mostrara el intento de ahorcamiento del lomito, generando indignación y presión social para exigir justicia
El 2 de junio de 2025, un hecho consternó a los habitantes de Tulancingo, Hidalgo, y a miles de usuarios en redes sociales: Popeye, un perro, fue colgado de un árbol con la intención de ser ahorcado por una mujer. Un video que captó el momento se difundió rápidamente, provocando indignación, repudio social y la movilización de activistas que exigieron justicia por este caso de maltrato animal.
Afortunadamente, Popeye sobrevivió al ataque y fue rescatado, lo que permitió que su historia tuviera un giro distinto al que muchos temían. El caso se convirtió en un referente de la violencia que aún enfrentan los animales, pero también de la importancia de la denuncia y la intervención oportuna.
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Tras el rescate, Popeye inició un largo proceso de recuperación física y emocional. Fue adoptado por Kenya Torres Martínez, quien conoció el caso gracias a su participación como voluntaria en una feria de adopciones organizada por la activista Vannia Castillo, una de las personas que impulsó la visibilización del caso.

En entrevista, Kenya relató que Popeye llegó a su hogar en condiciones lamentables: bajo de peso, nervioso y con un miedo evidente al contacto humano. A pesar de su pasado marcado por la violencia, decidió darle una nueva oportunidad y llevarlo a casa ese mismo día.
“Era muy desconfiado, pero poco a poco fuimos logrando una conexión”, explicó. La convivencia fue un proceso gradual que incluyó rutinas diarias como dormir juntos, salir a pasear y respetar horarios, lo que facilitó su integración con el otro perro de la familia. Con el paso del tiempo, Popeye comenzó a ganar confianza, mostrando avances significativos en su comportamiento.
Para Kenya, la adopción de Popeye no solo representó una segunda oportunidad para el lomito, sino también un cambio profundo en su propia vida. “Ha sido un cambio bonito. Es dar más amor y estar presente”, expresó.
La historia de Popeye en Tulancingo se ha convertido en un ejemplo del impacto de la adopción responsable, que transforma la vida de animales rescatados y también de quienes deciden brindarles un hogar. Hoy, Popeye vive rodeado de cariño, lejos de la violencia que marcó su pasado, y su caso sigue inspirando la defensa de los derechos de los animales en Hidalgo y en todo el país.
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