La de María José Álvarez Pérez es una de esas historias, una niña hidalguense que a sus 14 años no solo desarrolló un proyecto científico durante tres años, sino que también lo llevó hasta Tailandia, donde obtuvo una medalla de oro en una competencia internacional
En el marco del Día del Niño y la Niña, hay historias que recuerdan que la curiosidad también puede convertirse en talento, disciplina y logros que cruzan fronteras y mares.
La de María José Álvarez Pérez es una de esas historias, una niña hidalguense que a sus 14 años no solo desarrolló un proyecto científico durante tres años, sino que también lo llevó hasta Tailandia, donde obtuvo una medalla de oro en una competencia internacional.
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Detrás del reconocimiento hay un proceso que comenzó en el aula, bajo la guía de su maestra, Corina Sánchez Pastrana, en el Colegio Anglo Castellano, de Tula de Allende.
Desde primer año de secundaria, María José y sus compañeras iniciaron un proyecto enfocado en la enseñanza y divulgación de la ciencia, el cual las llevó a un certamen internacional llamado World Youth STEM Invention & Innovation – International Science, realizado en Bang-kok, Tailandia, en febrero de este año.
El proyecto de María José no solo se quedó en fórmulas, sino que, a partir del número áureo, la serie de Fibonacci y el teorema de Pitágoras, demostró cómo estas estructuras matemáticas se repiten en la naturaleza, el cuerpo humano y el universo, como una forma de acercar la ciencia a lo cotidiano.
Para ella, la experiencia no estuvo exenta de retos, pues la exposición fue en inglés, un idioma que, entre risas, la niña reconoció que todavía no domina al 100 por ciento, y frente a un jurado exigente.
Aun así, logró presentar su proyecto con claridad: “Al principio estaba muy emocionada y muy nerviosa, pero todo fue muy bonito”.
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El momento más significativo llegó al escuchar su nombre en la premiación, sin saber qué medalla recibiría, la sorpresa se transformó en emoción cuando se confirmó el oro.
Más allá del logro, María José es, como ella misma dice, una niña “muy normal”: le gusta pintar, escuchar música, convivir con sus amigos y comer chilaquiles, su platillo favorito.
Entre la escuela, sus proyectos y su vida cotidiana, ha encontrado un equilibrio que le permitió sostener un trabajo de largo plazo sin dejar de ser niña.
Para su padre, Jesús Álvarez, el proceso fue tan retador como significativo, pues el viaje de más de 24 horas, las escalas y la barrera del idioma formaron parte de una experiencia que describió como “extraordinaria”.
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