Cuentan que doña Aura era la mujer más hermosa de todo el pueblo, y que a don Pedro le tomó un largo y difícil camino ganarse su amor. Ella lo rechazó una y otra vez, pero él, terco como pocos, no cejaba en su intento de conquistarla. Así fue como, tras mucha insistencia y paciencia, lograron enamorarse y se casaron.
Vivían felices, o al menos eso parecía; pero había algo en ella, una sombra extraña que inquietaba a quienes la observaban de cerca. Cada día, Aura cocinaba platillos con sangre y entrañas de animales, algo que causaba rumores en el pueblo. Los vecinos, en voz baja y con miradas de reojo, advertían a don Pedro que su mujer era una bruja. Él, sin embargo, defendía su honor con ardor, y enfrentaba a cualquiera que osara manchar su nombre. Pero con el tiempo, tanta murmuración comenzó a sembrar dudas en su corazón.
Intrigado y algo receloso, decidió averiguar por sí mismo. Aura le preparaba todas las noches una infusión para ayudarlo a dormir, y aunque él confiaba en ella, notaba cómo caía en un sueño profundo, del que apenas despertaba al día siguiente. Una noche, se llenó de valor y evitó tomar el brebaje, simulando dormir. Fue entonces que, con un ojo entreabierto, presenció algo que le heló el alma: su esposa se quitó las piernas y las escondió, y luego, con un estremecimiento sobrenatural, se transformó en un extraño ser con patas de guajolote. De inmediato, una bola de fuego surgió de su cuerpo y salió volando por la ventana.
La noche se le hizo eterna; el temblor lo invadía, pero supo lo que debía hacer. Era cierto: Aura era una bruja, de esas que llevan a los niños y asustan a los hombres. Con el corazón desbordado de angustia, decidió esconder sus piernas para que, al amanecer, ella no pudiera recobrarlas. Al poco tiempo, escuchó un golpe fuerte sobre el techo; sin duda, su esposa regresaba. Se hizo el dormido, y sintió cómo ella se recostaba junto a él, agotada por sus oscuros trajines nocturnos.
En un impulso irrefrenable, con el corazón en guerra entre el amor y el miedo, le pidió a Aura que se levantara a prepararle de cenar. Ella, con voz débil, se negó, incapaz de moverse sin sus piernas. Fue entonces que, en un arrebato de dolor y valentía, tiró de las cobijas, y ante sus ojos apareció una imagen aterradora. Con una mezcla de ira y desolación, don Pedro decidió hacer lo impensable: prendió fuego a la casa, dispuesto a morir con ella, entregando su vida por aquella mujer que, a pesar de todo, había amado con una devoción sin medida.
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