Hoy, en lo que ahora es el kínder Lázaro Cárdenas, muchos aún hablan de la aparición de La Llorona. ¿Te atreverías a cruzar esos caminos cuando la noche cae? 💀
Hace más de un siglo, cuentan en Actopan, vivía un hombre peculiar: don Tomás Cano, dueño de varias pulquerías en el corazón del pueblo. Conocido tanto por su buen ojo para los negocios como por su incansable corazón de enamorado, cerraba sus establecimientos cada medianoche y emprendía el camino a casa sobre su fiel caballo. A sus años, don Tomás no conocía la vida de casado ni la formalidad del compromiso, pero tenía fama de galante y dicharachero; no perdía oportunidad de cortejar a las jóvenes más bonitas, obsequiándoles serenatas o pequeños ramos de flores.
Se decía que don Tomás era bajito, de cuerpo sólido, piel clara y un cabello ya cano que combinaba con su bigote y cejas blancas. Una noche, después de una larga jornada, el destino lo llevó a pasar cerca de la Hacienda de la Vega, y, en el camino a la presa de Yáñez, se detuvo un momento para acomodarse el sombrero y alisarse la chaqueta, como si fuera a encontrarse con alguien especial. No le preocupaban las advertencias sobre aquel paraje; para él, las historias de aparecidos y almas errantes no eran más que cuentos de viejas.
Sin embargo, al retomar el camino, un silencio profundo cayó sobre el lugar, interrumpido solo por el eco de ladridos que, más adelante, se tornaron en aullidos largos y lóbregos. Su caballo, de pronto inquieto, se negaba a avanzar, relinchaba y giraba en círculos nerviosos, resistiéndose con todas sus fuerzas. Impaciente, don Tomás tiró de las riendas y fustigó al animal, hasta que este se lanzó en una carrera frenética. Pero, entre la penumbra, algo captó su atención: una figura blanca cruzaba el camino en dirección al jagüey, flotando casi en silencio.
Don Tomás, que nunca había resistido a un nuevo misterio, intentó acercarse. Pero el caballo, atemorizado, retrocedía. Finalmente, logrando dominar al animal, alcanzó a la mujer y, con su audacia de siempre, le ofreció subir al caballo. Fue entonces cuando el silencio se hizo profundo y un alarido helado se alzó en la noche: “¡Ay, mis hijos!”. El grito resonó en su pecho, erizándole la piel. Sin poder evitarlo, soltó a la mujer; su caballo, en un último relincho, lo arrojó al suelo y huyó en dirección opuesta. Cuando al fin recuperó el aliento, la figura había desaparecido.
Al llegar al amanecer a su hogar, don Tomás estaba pálido y mudo, incapaz de describir lo que había visto. Desde aquella noche, su espíritu festivo y alegre quedó quebrantado. Hoy, en lo que ahora es el kínder Lázaro Cárdenas, muchos aún hablan de aquella historia. ¿Quién se atreverá a cruzar esos caminos cuando la noche cae?
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