El viacrucis vuelve a abrir otra narrativa de la fe que se camina, la de los jóvenes que encuentran en la tradición un refugio

Este Viernes Santo, entre calles empedradas y veredas rocosas se llevó a cabo la edición número 43 del viacrucis en el barrio El Lobo | Foto: Luis Godínez
En lo alto de la zona centro de Pachuca, donde el viento arrastra historias de mina y leyendas fantasmales, el barrio El Lobo volvió a convertirse en un escenario de fe.
Este Viernes Santo, entre calles empedradas, veredas rocosas y casas que guardan memoria, se llevó a cabo la edición número 43 del viacrucis, una tradición que, año con año, transforma la mala fama que prevalece en la zona en fe colectiva.
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Poco después de las 11:00 horas, la representación comenzó en la puerta de la mina que dio nombre al barrio, la del Lobo.
Bajo los inclementes rayos del sol, fue en ese lugar donde se escenificó el juicio, los azotes y el inicio del camino con la cruz para marcar el arranque de un recorrido que se extendería por casi tres horas.

Más de 50 participantes, entre ellos varios menores de edad, dieron vida a los pasajes bíblicos.
Para muchos, no solo se trata de actuar, sino de encontrar un rumbo distinto, así lo aseguró el organizador, José Juan Pérez Gómez, quien destacó que estas actividades ayudan a alejar a los jóvenes de los vicios y fortalecer el sentido de comunidad.
El contingente avanzó por calles como Bugambilia, Pedro Escobedo y Ruiz Cortines, hasta alcanzar la vieja carretera a Real del Monte.
Ahí, el asfalto quedó atrás y el viacrucis se internó en el cerro del Lobo, donde la tierra suelta, las piedras, espinas y la pendiente hicieron más pesado el trayecto, no solo para el nazareno, sino para las más de mil personas que acompañaron su caminar.
Fue en ese ascenso donde se representaron las tres caídas; cada paso levantaba polvo, cada pausa era un suspiro entre quienes observaban en silencio y quienes cargaban el peso de la escena.
No solo era la cruz, era el calor, el cansancio, la memoria para recordar los diálogos y la mirada de toda una comunidad siguiendo el camino.

Minutos después de las 14:00 horas, el hombre que cargó una cruz de más de cien kilos llegó a la cima de la vereda.
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El recorrido había terminado, pero la representación aún no, ya que, tras un breve descanso, Gabriel Soto Galicia, de 29 años y encargado de personificar a Cristo, subió a la cruz para dar cierre a una jornada marcada por el esfuerzo físico y la devoción colectiva.
En El Lobo, donde por años han pesado las etiquetas, el viacrucis vuelve a abrir otra narrativa de la fe que se camina, la de los jóvenes que encuentran en la tradición un refugio, y la de un cerro que, por unas horas, deja de ser paisaje para convertirse en escenario de redención.
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