En el centro de Pachuca, el mercado Miguel Hidalgo mantiene vivas las tradiciones del comercio local con cientos de negocios y comerciantes que han permanecido por décadas

Flores, listones de colores movidos por el aire y un número 33 formado con globos recibieron este lunes a los visitantes del mercado Miguel Hidalgo, uno de esos rincones donde Pachuca aún conserva el bullicio, el trato directo y las costumbres que distinguen al comercio tradicional.
Desde 1993, enclavado sobre la calle Julián Villagrán, en el centro de Pachuca, el mercado ha visto crecer sus pasillos hacia todos los rincones. La ropa cuelga casi hasta tocar el techo y, entre playeras de futbol, vestidos, chamarras y pantalones, aparecen mochilas, peluches, fundas para celular, audífonos, calzado y artículos para prácticamente cualquier bolsillo.
Son más de 500 locales los que convierten al inmueble en un auténtico laberinto comercial, donde cada vuelta ofrece algo distinto y donde cualquier pachuqueño puede encontrar lo que necesita.
Sin embargo, el mercado Miguel Hidalgo no se levantó únicamente con paredes. Armando Badillo, comerciante con más de 20 años de trayectoria, recuerda que, cuando los vendedores llegaron, muchos espacios eran poco más que piso y cada locatario construyó su propio negocio.
Con el paso de los años llegaron nuevas generaciones: hijos que crecieron detrás de los mostradores, aprendieron a cobrar, acomodar mercancía y reconocer a los clientes, y que hoy ya son padres o incluso abuelos.
Enriqueta, quien con orgullo se considera pionera del lugar, vio crecer ahí a sus hijos, quienes ahora son profesionistas.
También fue testigo de incendios, pérdidas materiales y humanas, así como de temporadas de bajas ventas. Sin embargo, recuerda que la respuesta siempre surgió desde los propios pasillos, gracias a una comunidad que hoy se considera una familia, capaz de organizar rifas, cooperaciones, brindar apoyo moral y tender la mano a quienes debían comenzar de nuevo.
Joaquín, quien vende semillas y otros productos a granel, fue uno de los primeros en instalarse.

Durante más de tres décadas ha vivido jornadas de buenas ventas y otras en las que apenas alcanza para mantener abierto el negocio. Aun así, resume su relación con el mercado en pocas palabras: “De aquí vivimos, de aquí tenemos para comer”.
Pedro Martínez mide el año por el regreso a clases, pues con la aparición de las listas de útiles escolares aumenta la demanda de mochilas, producto que ofrece desde hace 33 años entre los pasillos del mercado. Cuando las ventas disminuyen, dice, solo queda resistir detrás del mostrador. “Aquí seguimos, al pie del cañón”, afirma.
El mercado también ha aprendido a modernizarse. Hoy acepta pagos con tarjeta, transferencias bancarias, apartados y pedidos mediante redes sociales; sin embargo, conserva el regateo, el saludo de confianza y la recomendación de boca en boca.
A sus 33 años, el mercado Miguel Hidalgo no solo vende mercancías: resguarda historias de incendios y reconstrucciones, torneos de futbol entre locatarios, niños que crecieron entre aparadores y familias enteras que encontraron en sus pasillos una forma de vida.
Su aniversario no celebra únicamente la permanencia de un edificio, sino la constancia de quienes, cada mañana, levantan la cortina y vuelven a empezar.
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