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En Tula: hedor, enfermedades y podredumbre

Tula de Allende es la ciudad más contaminada del mundo


En Tula la contaminación no solo se ve, se huele y, sobre todo, se padece. La operación de la presa Endhó y la refinería Miguel Hidalgo en la década de los 70 fueron solo el principio de la crisis ecológica que existe actualmente en la región.

En Tula, recientemente anegada con aguas negras, el hedor parece impregnado en el ambiente. Si bien en la zona centro la polución es apenas perceptible por las columnas de humo que emite la refinería Miguel Hidalgo y la termoeléctrica Francisco Pérez Ríos, en las unidades habitacionales que colindan con el río, la pestilencia es persistente.

Además de la refinería y la termoeléctrica, que producen partículas de dióxido de azufre, altamente dañinas para el ser humano, la región Tula-Tepeji-Atitalaquia concentra cuatro plantas cementeras, en cuyos procesos incineran residuos, así como tres caleras y empresas procesadoras de alimentos, plásticos y productos agroquímicos.

Recientemente, en 2012, se construyó la planta de tratamiento de aguas negras en Atotonilco de Tula, la más grande en su tipo en América Latina, sin embargo, no logra tratar ni 50 por ciento de las aguas negras de Ciudad de México, de acuerdo con la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales federal (Semarnat). La infraestructura está subutilizada por fallas técnicas propias de su construcción.

Ubicada en la comunidad San José Acoculco, de apenas 800 habitantes, la mayoría dedicados a la agricultura; la planta tratadora de aguas residuales es un moderno complejo industrial que sepultó los sembradíos de los campesinos de la región.

Para edificar dicha instalación hidráulica, erigida sobre poco más de 158 hectáreas, se adquirieron tierras a los campesinos de la región a un precio ínfimo —5.50 y 8.50 pesos por metro cuadrado de cultivo de temporal y riego, respectivamente—, recuerda Apolinar Carbajal García, habitante de la localidad, quien vendió sus tierras para la construcción de la planta.

Don Poli, como lo conocen los vecinos, relata que, además de los desagradables olores que emanan del complejo industrial —un intenso hedor a caño—, el tratamiento que se da a las aguas da como resultado un espeso lodo que es depositado sobre nueve celdas que se ubican a un costado del cementerio.

Estas se encuentran a cielo abierto, delimitadas únicamente por malla ciclónica. Caminar en la zona requiere aspirar el olor a aguas negras y sufrir una ofensiva constante de mosquitos y zancudos que dejan marcas rojas y ronchas en la piel.

“Eso no es nada: en los meses de calor tenemos el hervidero de moscas”, dice don Apolinar, que añade que, si bien la consistencia de los lodos residuales es húmeda al ser depositados en las celdas, una vez que se secan, se convierten en polvos que se esparcen sobre la región. “Cuando hay mucho aire, se forman remolinos y andan danzando por todos lados”.

A su vez, el delegado de la comunidad, Justino García Jiménez, cuestiona el funcionamiento de la planta, ya que, afirma, el complejo trata únicamente 20 por ciento del agua que recibe del Valle de México, mientras que el resto sigue su cauce al río Tula.

La plataforma Proyectos México refiere que el complejo hidráulico se construyó con el objetivo de depurar las aguas residuales de 12.6 millones de habitantes en la zona metropolitana del Valle de México. Asimismo, tiene una capacidad de tratamiento de 35 metros cúbicos por segundo, según la Comisión Nacional del Agua (Conagua).

Apolinar, de 65 años de edad, recuerda que en su infancia el río brindaba alimento a las familias de la región, pues producía entre otras especies sardina; asimismo, era común que los pobladores acudieran a tomar una ducha. Hoy, este cuerpo de agua solo ofrece “olores nauseabundos y basura”.

TULA, LA CIUDAD MÁS CONTAMINADA, SEGÚN LA ONU

En 2006, cuando aún no estaban asentadas todas las compañías que operan actualmente en la región, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) catalogó a Tula de Allende como la ciudad más contaminada del mundo.

Aunque durante años autoridades estatales y federales se negaron a aceptarlo, fue a mediados de 2019 cuando el extitular de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), Víctor Manuel Toledo Manzur, reconoció que la llamada Ciudad de los Atlantes, hogar de 115 mil 107 habitantes, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), es una zona prácticamente inhabitable, que dista de una vida digna.

La presa Endhó, por ejemplo, receptora de las aguas residuales de Ciudad de México contiene altos niveles de mercurio, arsénico, plomo y bario. Sin embargo, la polución no solo es a nivel del agua, sino también en tierra y aire.

En ese sentido, el nivel de contaminación en el aire es tal que 98 por ciento de la producción de partículas de dióxido de azufre y ozono generadas en Hidalgo provienen de Tula.

Los impactos que generan las industrias de la región al medioambiente generan consecuencias directas a la salud de la población.

En septiembre del año pasado, Gabriel Quadri de la Torre y Adolfo Hernández Moreno plantearon que la transición de combustóleo a gas natural en las operaciones de la termoeléctrica Francisco Pérez Ríos evitaría mil 710 muertes prematuras al año, de acuerdo con los resultados de un estudio sobre el impacto de este complejo en la calidad del aire y en la salud pública en el estado.

ACTIVISTAS, POR EL DERECHO A LA VIDA Y A LA SALUD

Saúl Basurto Guerrero y Angélica Violeta Arellano Ángeles, presidente y secretaria, respectivamente, del Consejo Directivo de la Red de Conciencia Ambiental Queremos Vivir, recriminan la negligencia del gobierno federal para regular a las industrias asentadas en la región

Asimismo, consideran que el trato a los habitantes de Tula ha sido desigual, ya que durante años han padecido el mal manejo de las empresas que operan en la región, además de ser receptores de las aguas negras del Valle de México, que deberían ser reguladas en la propia zona y no en el Valle del Mezquital.

Arellano Ángeles plantea que la situación de la crisis ambiental es manejada como “un botín político”, en el cual lo único que pareciera importar es obtener recursos económicos para generar proyectos, que en esta ocasión podría ser el revestimiento del río Tula.

En el caso de la presa Endhó, que Saúl Basurto cataloga como una “fosa séptica”, el manejo de aguas debe ser controlado desde Ciudad de México, no en Tula de Allende.

 

Yuvenil Torres I Tula de Allende / Atotonilco de Tula

 

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