Con dos oros panamericanos y un subcampeonato mundial, la atleta hidalguense firmó un año histórico junto a su madre y entrenadora, Bibiana Hernández

Rebeca Gutiérrez y Bibiana Hernández consolidaron una de las duplas más sólidas del fisicoculturismo hidalguense. Foto: David Martínez
Rebeca Gutiérrez Zamora Hernández cerrará 2025 como una de las atletas hidalguenses más destacadas del año, tras conquistar dos oros en el Panamericano y lograr un subcampeonato en su debut mundialista. Detrás de esta temporada histórica está la mancuerna que forma con su madre y entrenadora, Bibiana Hernández Navejas, una dupla cuya mezcla de disciplina, técnica y conexión emocional ha marcado un antes y un después en el fisicoculturismo hidalguense.
Ambas regresaron a entrevista con Criterio para hacer un balance amplio de un año decisivo, no solo para la carrera de Rebeca, sino para consolidar un proyecto familiar que ya empieza a llamar la atención dentro y fuera de Hidalgo.
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Para la joven atleta, este ciclo dejó aprendizajes profundos y una perspectiva más madura del deporte, además de haber sido reconocida como la mejor atleta bikini juvenil por sus logros del año.
“Estamos en un descanso activo, disfrutando esta nueva etapa que estamos viviendo. Me siento muy feliz, muy tranquila, muy a gusto con todo lo que he logrado este año y sé que el próximo viene con más cosas”, compartió.

Para Bibiana Hernández Navejas, ver a su hija competir en el escenario más importante del año fue un impacto emocional profundo. “Imagínate ver categorías de 50, de 40, de 30, de todos los países, y decir: ‘Está México aquí, pero está mi hija’. Fue un choque de emociones. Ella peleó su lugar. Yo le dije: ‘Te vas a subir a pelear un lugar’. Era la cereza del pastel, lo que todo el año trabajamos”, recordó.
El Campeonato Mundial supuso también un reto logístico, emocional y físico, pues ambas participaron en el mismo evento. Rebeca narró que, en los minutos previos a salir al escenario, el mundo se hace más pequeño y el nervio se convierte en una prueba mental.
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“Ves a todas tus competidoras y entra el nervio, pero dices: ‘Yo traigo mi trabajo, estoy segura de lo que traigo’. Fue demasiado cansado; ya estaba temblando del esfuerzo, pero dimos una gran pelea”, expresó.
Su madre, desde la doble faceta de entrenadora y atleta, sintió de inmediato la diferencia respecto al Panamericano que había disputado en Chile.
“Ella disfrutó muchísimo el Panamericano, pero en el Mundial era el cierre del año. Además, todavía es de las más pequeñas en su categoría; le faltaba la madurez de una chica de 24 años. Aun así, su físico llegó excelente”, explicó Bibiana, dejando claro que la edad y el desarrollo muscular siguen siendo factores decisivos ante el criterio de los jueces.
Uno de los mayores desafíos fue integrar la preparación física, el trabajo emocional y la exigencia diaria. Rebeca lo sintetizó así: “Lo complicado no es una sola cosa, es juntar todo: alimentación, entrenamiento, trabajo; hacerlo bien, de manera casi perfecta. Eso es lo que cuesta”.
Detrás de ese orden casi quirúrgico siempre aparece su madre, tanto para ajustar una pose como para recordar que el descanso también es parte del progreso.
El vínculo madre-hija agregó una dimensión que no todos los atletas pueden presumir. Bibiana recordó que compitieron en horarios maratónicos.
“Rebeca estaba de pie desde las 4 de la mañana para arreglarse. Compitió al mediodía y la premiaron hasta las 7 de la tarde. Yo subí al escenario a las 12 de la noche y al día siguiente competía otra vez. Se convierte en un juego de emociones, pero yo decía: ‘No me puedo perder esto’”, narró.
La complicidad entre ambas no solo se refleja en la rutina previa a una competencia, sino en detalles más íntimos.
“Siempre tratamos de buscarnos, tomarnos la mano, agradecer el aquí y el ahora, y pedir que venga lo que tenga que ser”, relató Bibiana.
Ese ritual es su ancla antes de cada escenario, un recordatorio de que, aunque compiten en categorías distintas, avanzan juntas.

Mirando hacia 2026, cuando su próxima competencia de envergadura será en Barbados, Bibiana sabe que deberán ajustar aspectos técnicos y estratégicos.
“Ahora ella migra de principiante a clasificada. Solo falta un poco más de madurez muscular y planear que ahora trabajaremos para competencias internacionales, no solo nacionales”, explicó.
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El cambio de categoría supone nuevos ritmos de preparación, formas distintas de periodizar la alimentación, nuevas prioridades en definición y simetría, y un nivel de exigencia donde los pequeños detalles comienzan a ser decisivos.
Para Rebeca, más que presión, ese proceso genera motivación. “Me emociona ver los cambios con el nuevo entrenamiento y la nueva alimentación. En el escenario aprendí muchas cosas: poses, colores de bikinis, peinados. Todo se puede mejorar”, afirmó.
Son ajustes milimétricos que, en un deporte estético, pesan tanto como las horas en el gimnasio.
Fuera del ámbito competitivo, el fisicoculturismo también despertó en ella una inquietud académica y profesional. “Aprendí mucho de la comida, de por qué comemos esto o lo otro. Eso me hizo investigar y pensar qué quiero estudiar. Aprendí de muchos maestros”, compartió, dejando ver que el deporte ya no solo es una meta, sino un camino que podría orientar su futuro profesional.
El cierre de 2025 no solo dejó medallas; también dejó certezas. La primera, que Rebeca tiene un enorme potencial para seguir escalando categorías internacionales. La segunda, que contar con su madre como guía técnica seguirá siendo una ventaja competitiva difícil de igualar. Y la tercera, que ambas han aprendido a navegar entre presión, cansancio, dietas estrictas y escenarios de élite sin perder la esencia que las une.
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