Solo Wes Anderson es capaz de transformar una historia trágica en un relato entrañable lleno de color, humor y nostalgia.
El Gran Hotel Budapest, filme dirigido por Wes Anderson, es una de esas películas que sorprende por su capacidad de narrar una historia llena de tragedia de una manera fácil de digerir, con un toque de comedia y visualmente espectacular, pese a desarrollarse en un contexto histórico cruel y devastador.
Desde los primeros minutos, la cinta muestra la complejidad en la que se desenvuelve. La historia comienza con una mujer que deja una medalla en la tumba de un escritor, quien aparentemente marcó su vida con uno de sus libros.
A través de una elipsis, entendemos que ese escritor es el autor del libro titulado El Gran Hotel Budapest, y a partir de ahí se despliegan varias capas temporales que terminan por conectar todas las historias hacia un mismo centro: Zero, Gustave y el famoso hotel.

La película de El Gran Hotel Budapest se construye a través de varios relatos que conforman una misma historia contado por distintas generaciones y a través de diferentes formatos visuales. Anderson cambia el aspecto del encuadre dependiendo de la época que se retrata.
La historia principal, la de Gustave y Zero, está filmada en un formato más cuadrado, como homenaje a la época dorada del cine, mientras que las escenas más actuales tienen una imagen más amplia y moderna.
La estructura narrativa está dividida en capaz, se puede comparar con una muñeca rusa. Por un lado, Zero ya de anciano, le cuenta la historia al joven escritor, quien a su vez la plasma en un libro, leído por la mujer que vemos al inicio.
A pesar de los distintos narradores y formatos, la perspectiva y secuencia de los hechos se mantienen claras y coherentes, abriéndonos un panorama más completo de la historia que se está tratando de contar.
Uno de los elementos más poderosos de la película es el color, que no solo embellece cada escena, sino que tiene un valor narrativo y emocional.
Cada época cuenta con su propia paleta cromática. Los tonos más apagados y fríos predominan en las escenas actuales que se refieren a los últimos años del escritor, reflejando la muerte, la nostalgia y la melancolía. En contraste, la historia central está repleta de colores vibrantes y estilizados.
Este color también aparece en el vestido de Madam D. antes de su muerte, anticipando el trágico giro de los acontecimientos.
El color verde oscuro, asemejando el dinero, es usado en la escena del testamento de Madam D., ya que busca representar la avaricia. El negro es utilizado por los miembros de la familia codiciosa, simbolizando oscuridad moral.

Por otro lado, el gris, está presente en la prisión donde está Gustave, reflejando su tristeza y decadencia. Mientras que el rosa, está vinculado al personaje de Ágatha, quien representa el amor y la esperanza. Este tono aparece tanto en su entorno como en los pasteles que marcan giros importantes dentro de la historia.
Por otro lado, muchos de los escenarios usados para la película, como el propio hotel, están construidos con maquetas en miniatura, lo que refuerza la intención del director de enfocarse en el cine de oro, un cine artesanal, nostálgico y con encanto visual.
Además, se utiliza una variedad de recursos cinematográficos como el zoom rápido, la cámara subjetiva y planos secuencia que, aunque a veces parecen irreales, ayudan a que el espectador se sumerja emocionalmente en la historia.

Incluso hay momentos de comedia visual en medio del drama, que alivian la tensión del momento sin romper con la narrativa, ni con el estilo visual que maneja el filme.
Como buena adaptación, la película está dividida en capítulos, utiliza la voz en off como un recurso clave y una narración detallada que acompaña cada imagen.

El Gran Hotel Budapest es una obra que equilibra el caos y el orden, la tragedia y la risa, lo real y lo imaginario. Con una estética inigualable, una narrativa compleja y un toque nostálgico.
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