Es alarmante que, ante este cambio de paradigma, los congresos y foros de política cultural sigan anclados en un debate anquilosado. Es urgente que estos espacios dejen de ver a la IA como una amenaza exótica para empezar a estudiarla como un fenómeno estético y técnico irreversible

La irrupción de la inteligencia artificial (IA) en el ecosistema creativo nos sitúa en un escenario puramente pirandelliano. Si en 1921 Luigi Pirandello nos presentaba a seis personajes reclamando una realidad que su autor les negaba, hoy asistimos a una legión de algoritmos, redes neuronales y procesos generativos que deambulan por el proscenio cultural en busca de una identidad jurídica. El paralelismo es ineludible: estamos ante una “obra por hacer” donde la figura del autor ya no es el centro gravitacional, sino un nodo más en una red de flujos cognitivos.
Es alarmante que, ante este cambio de paradigma, los congresos y foros de política cultural sigan anclados en un debate anquilosado. Es urgente que estos espacios dejen de ver a la IA como una amenaza exótica para empezar a estudiarla como un fenómeno estético y técnico irreversible. Los congresos de especialistas tienen el deber moral de generar, si no una legislación definitiva —dada la velocidad de la tecnología—, al menos un debate serio que trascienda el pánico moral y el proteccionismo de las viejas industrias culturales.
La autoría en tiempos de la IA no debe entenderse como la muerte del creador, sino como su expansión. Desde las neurociencias, sabemos que el cerebro no es un compartimento ausente de originalidad, sino un procesador de estímulos. La IA es el espejo exterior de ese proceso. Por ello, una legislación moderna debe ser lo suficientemente elástica para reconocer que el derecho de autor está mutando hacia la protección de la instrucción y la curaduría, integrando la inteligencia artificial como una herramienta legítima de la creación artística.
No podemos permitir que el vacío legal se traduzca en la pauperización del artista independiente. Mientras las secretarías de cultura estatales se distraen financiando fetiches documentales y objetos de lujo para la foto oficial, el subsuelo creativo ya está experimentando con el algoritmo. El verdadero “despotismo” hoy es ignorar que los derechos culturales del siglo XXI incluyen el derecho a la experimentación tecnológica hasta el registro en Indautor.
Si no somos capaces de sentar a estos “seis personajes” en la mesa de la legalidad y el reconocimiento ético, acabaremos representando una tragedia donde el autor se vuelve irrelevante, no por la potencia de la máquina, sino por la miopía de quienes legislan sobre un mundo que ya no comprenden.
ACOTACIÓN: El drama ya no es la ausencia del autor, sino la incapacidad de la legislación para entender el nuevo mundo.
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