Elevar un mausoleo editorial de 10 millones sobre una comunidad artística invisibilizada es la claridad de la insolvencia ética en la gestión cultural: un lujo de papel sobre un desierto de prioridades creativas

La revelación del periodista hidalguense Axel Chávez, vertida con la urgencia que permite la plataforma X —antes Twitter—, no constituye únicamente un dato estadístico; es, en rigor, la disección de una de las patologías más persistentes de nuestra burocracia letrada: la predilección por el fetiche documental sobre la vitalidad del proceso creativo. El gobierno de Hidalgo ha destinado 10.6 millones de pesos a un servicio editorial de investigación titulado Hidalgo a través de sus municipios: procesos históricos y transformación. Según consignó la nota de La Jornada Hidalgo el pasado 13 de agosto de 2025, este desembolso busca oxigenar la vida cultural del estado en tres tomos de lujo cuyo destino final, sospechamos, será la decoración de anaqueles oficiales.
La asimetría es ofensiva. Ese monto representa, por ejemplo, la mitad del presupuesto anual de la Escuela de Música del Estado de Hidalgo para 2025, una institución que sobrevive con 21.4 millones. Es imperativo cuestionar a la titular de Cultura de Hidalgo, Neyda Naranjo Baltazar, y al gobernador, sobre la solvencia ética de este gasto. ¿Cuánto cuesta, en la aritmética de su administración, la manufactura de un libro mientras los docentes, creadores y grupos artísticos locales navegan en la incertidumbre?
Este fenómeno no es un accidente geográfico, sino la metástasis de un modelo de gestión estatal que opera en una suerte de republicanismo de la opacidad. A diferencia de la federación, donde el escrutinio mantiene ciertos diques, en los estados el presupuesto cultural suele ser el juguete de caprichos sexenales y ocurrencias. Lo observamos en Chihuahua, con el gasto de La golondrina y su príncipe, un espectáculo que devoró casi 35 millones de pesos para un puñado de funciones, operando como un oasis de opulencia en un desierto de apoyos básicos; o en la Ciudad de México, con la creación de la Universidad de las Artes, un proyecto que, bajo la retórica de la prioridad política, ha recibido asignaciones que superan los 90 millones de pesos, contrastando amargamente con la pauperización de los creadores independientes que sostienen la infraestructura cultural de la capital. En la misma línea, Puebla subsidió con decenas de millones el Festival de las Ideas, una pasarela de celebridades globales que poco o nada tiene que ver con la realidad de los centros culturales comunitarios que hoy carecen de lo más elemental.
La gestión de las secretarías estatales ha mutado en la administración del fetiche: se financia el lomo del libro para asegurar la fotografía oficial, asumiendo la precariedad del creador no como infortunio, sino como decisión de oficina. Elevar un mausoleo editorial de 10 millones sobre una comunidad artística invisibilizada es la claridad de la insolvencia ética en la gestión cultural: un lujo de papel sobre un desierto de prioridades creativas.
ACOTACIÓN: Se financian objetos para ignorar a los sujetos.
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