A partir de febrero de 2025, el gobierno de Donald Trump reactivó su política arancelaria, imponiendo cargas de 25 por ciento sobre la mayoría de los productos mexicanos…

La relación bilateral entre México y Estados Unidos atraviesa una etapa de tensión y recalibración.
A partir de febrero de 2025, el gobierno de Donald Trump reactivó su política arancelaria, imponiendo cargas de 25 por ciento sobre la mayoría de los productos mexicanos, con argumentos centrados en el combate al tráfico de fentanilo y la protección de la economía estadounidense. La respuesta mexicana no tardó: acusaciones de violaciones al T-MEC, amenazas de represalias comerciales y una movilización diplomática urgente para contener el daño.
El impacto económico es significativo. Por un lado, Washington ha recaudado miles de millones en tarifas, pero enfrenta críticas de sectores empresariales que dependen de insumos mexicanos. Por el otro, México calcula una pérdida potencial de casi 7 por ciento de su PIB si las barreras comerciales escalan. Los sectores automotrices, agrícola y de manufactura están particularmente expuestos.
La fecha límite del 1 de agosto —en la que Trump ha amenazado con aumentar los aranceles a 30 por ciento— se ha convertido en el reloj de cuenta regresiva para alcanzar un nuevo entendimiento bilateral, centrado en seguridad, cooperación antidrogas y comercio equilibrado.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha asumido una postura cuidadosa, pero decidida. En sus declaraciones ha subrayado la disposición de México al diálogo, recordando que la relación económica entre ambos países es mutuamente beneficiosa y que cualquier ruptura tendría efectos perjudiciales para las cadenas de valor integradas en América del Norte.
Sheinbaum ha insistido en que México está comprometido con el combate al fentanilo, pero exige corresponsabilidad por parte de Estados Unidos en frenar el tráfico de armas, que alimenta a los cárteles mexicanos. Además, ha rechazado categóricamente la posibilidad de que fuerzas estadunidenses operen en territorio nacional, marcando una línea clara sobre la soberanía.
Su estrategia también incluye diversificación de alianzas: busca fortalecer los lazos con Canadá y promueve que empresas mexicanas aumenten su inversión en Estados Unidos, como una manera de generar empleos allá y reducir tensiones comerciales.
Trump apuesta por su clásica fórmula de presión arancelaria para obtener concesiones; sin embargo, enfrenta una administración dividida. Mientras sectores del gobierno ven en las tarifas una herramienta legítima para proteger la economía y controlar la crisis de drogas, otros advierten que esta postura puede dañar irreversiblemente la alianza con México.
México no solo es el mayor socio comercial de Estados Unidos, también es clave en la estrategia de contención migratoria, seguridad fronteriza y estabilidad regional. Aumentar la confrontación sin resultados concretos podría aislar a Washington y provocar un giro geopolítico en América Latina.
Por ahora, la moderación del tono mexicano ha evitado un conflicto mayor. Pero si las negociaciones fracasan y los aranceles aumentan, el riesgo de una guerra comercial total será real.
En ese sentido, es factible enumerar una serie de posibles acciones que el gobierno mexicano podría iniciar en respuesta a la administración Trump:
Responsabilidad compartida: La presidenta mexicana ha girado el eje del debate: el problema del fentanilo no es solo de producción o tránsito, sino también de demanda y armas. Esta narrativa busca equilibrar la discusión.
Diversificación económica: Sheinbaum impulsa nuevos tratados y colaboración con otros países para reducir la dependencia del mercado estadunidense. Aunque es una medida de largo plazo, envía una señal clara a Washington.
Unidad nacional y soberanía: Aun cuando un amplio sector aplaude su negativa a permitir la presencia militar extranjera en México, medida que fortalece su liderazgo interno y le da legitimidad frente a posibles concesiones, es claro que otro sector ve en esa negativa una defensa de los grupos criminales, de la misma manera que lo ve Trump.
Mesas de seguridad: Ha insistido en que está dispuesta a firmar un nuevo acuerdo bilateral de seguridad, pero bajo condiciones claras, con respeto mutuo y sin imposiciones unilaterales.
En Estados Unidos, el proteccionismo sigue siendo rentable políticamente, pero sus efectos económicos están en disputa. Las tarifas encarecen productos, tensionan cadenas de suministro y pueden generar inflación. La guerra comercial con China ya dejó huellas, una con México podría ser aún más disruptiva por la cercanía y profundidad de los vínculos económicos.
Las declaraciones moderadas de Sheinbaum han tenido buena recepción en ciertos círculos políticos estadunidenses. A diferencia de la confrontación abierta, su disposición a negociar puede debilitar el argumento de que México no coopera. Esto pone presión sobre la administración Trump: o justifica las sanciones con datos duros o cede a una solución negociada.
En paralelo, Donald Trump ha lanzado una amenaza directa a Vladimir Putin: si en 50 días Rusia no acuerda un alto al fuego en Ucrania, impondrá aranceles de 100 por ciento. El anuncio sorprendió, tanto por su tono como por su enfoque: una sanción comercial para resolver un conflicto bélico.
La reacción internacional ha sido escéptica. En Rusia se ha percibido como una amenaza sin dientes. En Europa y Asia, se duda de la viabilidad de aplicar aranceles secundarios que afecten a terceros países. Incluso dentro de Estados Unidos, la medida ha sido vista como una maniobra política más que una herramienta realista de presión.
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