Pero cuando se mira con cuidado, la decisión revela una visión corta sobre lo que una ciudad necesita para sobrevivir ambiental y socialmente

En Pachuca vuelve a plantearse una idea que ya conocemos: retirar árboles considerados viejos para abrir paso a una explanada y reubicar ahí a los vendedores ambulantes. La propuesta parece práctica a primera vista. Más espacio duro, menos problemas.
Pero cuando se mira con cuidado, la decisión revela una visión corta sobre lo que una ciudad necesita para sobrevivir ambiental y socialmente.
Pachuca no parte de cero. En los últimos años ha perdido camellones y arbolado en parques por la construcción de infraestructura urbana. A eso se suma el deterioro del Jardín de los Hombres Ilustres, afectado por plagas, y el estado de otros parques donde predominan individuos envejecidos, arbustos dispersos y pocos árboles de porte.
El resultado es una ciudad cada vez más dura, más caliente y menos habitable. En ese contexto, quitar árboles porque ya están viejos no es una solución: es profundizar el problema.
Un árbol viejo no es un estorbo. Es una infraestructura viva que tardó décadas en formarse. Mientras una plancha de concreto se construye en meses, un árbol maduro requirió años de agua, suelo y cuidados. Ese tiempo acumulado se traduce en beneficios que no pueden reemplazarse con una reforestación simbólica ni con macetas.
Un árbol joven no ofrece, ni de lejos, lo mismo que uno adulto.
El primer servicio ambiental que brindan los árboles viejos es el control del clima urbano. Su copa amplia reduce la temperatura del entorno mediante sombra y evapotranspiración. En una ciudad donde el asfalto y el concreto dominan, esa sombra es la diferencia entre caminar o huir del espacio público.
Retirar árboles maduros aumenta las islas de calor, eleva el consumo de energía y empeora la calidad de vida, sobre todo para quienes pasan el día en la calle: vendedores, peatones, adultos mayores.
También está el aire. Los árboles capturan partículas contaminantes y absorben gases como el dióxido de carbono. Los ejemplares grandes lo hacen mejor porque tienen más hojas y más superficie de contacto.
En una ciudad maltratada ambientalmente, donde el tránsito vehicular y el polvo son constantes, eliminar árboles viejos es renunciar a uno de los pocos filtros naturales que tenemos. No es una metáfora verde: es salud pública.
El suelo es otro tema que suele ignorarse. Las raíces de los árboles estabilizan el terreno, facilitan la infiltración del agua de lluvia y reducen escurrimientos que terminan saturando el drenaje.
Cuando se sustituyen áreas arboladas por explanadas, el agua ya no entra al suelo. Corre, arrastra basura, genera encharcamientos y, a largo plazo, más gasto público. El árbol viejo, con su sistema radicular profundo, cumple una función que ninguna losa puede asumir.
Hay además un valor ecológico menos visible pero igual de importante. Los árboles maduros albergan aves, insectos y pequeños mamíferos. Son nodos de biodiversidad en medio de una ciudad hostil para la vida silvestre.
Quitarlos empobrece el ecosistema urbano y rompe equilibrios que, cuando se pierden, suelen manifestarse en plagas o en la desaparición de especies benéficas. Paradójicamente, combatir plagas eliminando árboles sanos o recuperables suele agravar el problema.
El argumento de que “ya están viejos” confunde edad con riesgo. Un árbol envejecido no es necesariamente peligroso. Lo que se necesita es diagnóstico técnico, mantenimiento, podas adecuadas y, cuando de verdad no hay alternativa, sustitución planificada.
Talarlos por comodidad o por prisa es más barato en el corto plazo, pero más caro en el mediano y largo. Las ciudades que han aprendido esta lección invierten en cuidados, no en motosierras.
También hay una dimensión social que no puede pasarse por alto. Los parques y espacios arbolados son lugares de encuentro, descanso y memoria. En ellos se tejen rutinas y afectos.
Convertirlos en explanadas uniformes reduce la diversidad de usos del espacio público y lo vuelve más inhóspito. Reubicar a los vendedores ambulantes no debería significar condenarlos a trabajar bajo el sol, sin sombra ni confort térmico. La solución no es quitar árboles, sino diseñar con ellos.
Pachuca necesita orden, sí. Necesita espacios públicos funcionales y comercio regulado. Pero no a costa de seguir perdiendo lo poco que queda de su infraestructura verde. La ciudad ya ha cedido demasiado terreno al concreto.
Insistir en ese camino es desconocer la evidencia y la experiencia de otras urbes que hoy gastan millones intentando recuperar lo que destruyeron.
Defender los árboles viejos no es romanticismo. Es sentido común urbano. Es entender que una ciudad no se mide solo por la rapidez con la que se construye, sino por la calidad del ambiente que ofrece a quienes la habitan.
Antes de retirar un árbol, habría que preguntarse qué problema real se resuelve y qué problemas nuevos se crean. En una ciudad ambientalmente golpeada, la respuesta suele ser incómoda: perdemos más de lo que ganamos.
Si Pachuca quiere ser una ciudad habitable, resiliente y justa, debe empezar por cuidar lo que ya tiene. Los árboles viejos no son un obstáculo para el desarrollo. Son una de sus condiciones básicas.
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