Si hablar de la realidad me hace subjetivo, entonces reivindico la subjetividad. Porque solo enfrentándonos a lo que duele podremos aspirar a lo que cura. Y porque, al final del día, la verdad no necesita permiso para existir

Me miró con frialdad, con esa seguridad que suele acompañar a quienes repiten sin cuestionar, y sentenció: “Hablas desde la subjetividad y desde una agenda construida por los medios pagados por la derecha.” La frase cayó con la contundencia de un mazo que pretende clausurar el debate. Guardé silencio por un instante. No porque me faltaran argumentos, sino porque ciertas acusaciones están diseñadas para no permitir respuesta: buscan desautorizar al interlocutor, no escucharle.
Y, sin embargo, ¿qué decir frente a esa certeza tan poco dispuesta a la duda? ¿Qué responder cuando, mientras se proclama que el país avanza por buen rumbo, aparecen fosas clandestinas con decenas de cuerpos? ¿Cuándo un senador de la República descalifica a quien cuestiona, o cuando la presidenta asegura haber sido recibida con júbilo en giras donde, horas después, la prensa documenta protestas ignoradas? ¿Qué palabras alcanzan para narrar el asesinato de alcaldes, exalcaldes, regidores, mientras el gobierno responde con un silencio que resuena más que cualquier discurso?
A veces, la realidad parece empeñada en contradecir la versión oficial. O quizás, más bien, la versión oficial insiste en mirar hacia otro lado. Ahí están, por ejemplo, la pérdida acelerada del bosque de oyamel por plagas mal atendidas; o el obstinado avance del mosco culex en la presa Endhó, sostenido por un lirio acuático que nadie ha logrado controlar. Problemas ambientales y sanitarios que requieren políticas públicas firmes, pero que suelen ser reducidos a notas marginales, mientras se afirma que todo marcha bien, que el pueblo está feliz.
Si ser subjetivo es nombrar lo que otros quieren invisibilizar, acepto la etiqueta sin pena. Aunque, en sentido estricto, lo objetivo es justamente eso: describir los hechos. Lo subjetivo, en todo caso, es afirmar —contra toda evidencia— que las críticas al gobierno provienen de oscuras conspiraciones, que las marchas juveniles son manipulaciones, que los cuestionamientos sociales son inventos de opositores resentidos.
Esta semana, como tantas otras en el México reciente, fue un laboratorio de declaraciones que se desmoronan al contacto con la realidad. Tropiezos, contradicciones, explicaciones improvisadas… y al fondo, un país que mira con escepticismo. La visión oficial, cargada de lugares comunes y repeticiones casi litúrgicas, parece no conectar con la experiencia cotidiana de millones de personas. No es que falten problemas; es que falta voluntad de verlos.
En el panorama político actual, la subjetividad del poder se ha convertido en una estrategia. El gobierno insiste en que su versión es la única verdadera, y que todo lo demás —desde las denuncias ciudadanas hasta los análisis periodísticos— es exagerado o tendencioso. Pero ¿cómo ignorar que la narrativa optimista choca cada día con titulares, testimonios, informes y cifras? ¿Cómo pedir objetividad cuando se descartan, incluso antes de escucharse, las voces disonantes?
El discurso oficial sostiene que el pueblo está contento. Sin matices. Un país uniforme, homogéneo, sin fracturas ni angustias. Pero ese país no es el que habita la madre que busca a su hijo desaparecido. No es el país del joven que teme salir de noche. No es el país de las comunidades que enfrentan el avance del crimen sin apoyo estatal. No es el país de quienes marchan, protestan, exigen, porque no les queda otro camino.
Desestimar estas voces es levantar un muro entre la autoridad y la ciudadanía. Un muro hecho de descalificaciones: “manipulados”, “conservadores”, “aspiracionistas”, “desinformados”. Un muro que huele a tiempos que creíamos superados. Porque las democracias no se construyen negando el conflicto, sino entendiéndolo. No se fortalecen silenciando el disenso, sino incorporándolo al debate público.
Las movilizaciones juveniles, por ejemplo, no son episodios aislados ni caprichosos. Son la expresión más clara de un país que no quiere conformarse con explicaciones huecas. Jóvenes que marchan no porque alguien los pague o los instruya, sino porque sienten en carne propia la precariedad, la violencia, el hartazgo. Sus marchas son memoria en movimiento, una forma de decir: esto no está funcionando, escúchenos.
Minimizar o ridiculizar estas movilizaciones es una estrategia conocida. Quien controla la narrativa oficial intenta siempre reducir la protesta a un ruido incómodo. Pero esa estrategia suele volverse en contra de quien la emplea. La historia reciente —a nivel nacional y global— demuestra que subestimar a la ciudadanía es uno de los errores políticos más costosos.
Y hoy, esa confianza está erosionada. La percepción de que el gobierno prefiere defender su relato antes que enfrentar la realidad alimenta un clima de desconfianza que ningún discurso triunfalista puede revertir. Una democracia no puede funcionar cuando el poder decide que todo cuestionamiento es un ataque. Ni puede sostenerse si se niega sistemáticamente el valor de la crítica.
La salida a este impasse no está en redoblar la narrativa optimista, sino en abrir el diálogo. En escuchar, en reconocer errores, en admitir que la oposición —política y social— no es un enemigo, sino un contrapeso necesario. En entender que el país no es una pantalla donde solo caben buenas noticias. México es complejo, plural, contradictorio. Y precisamente por eso merece un gobierno capaz de ver más allá de sus propias certezas.
Decir la verdad no es traicionar a nadie. Cuestionar no es destruir. Señalar la violencia, la desaparición forzada, la crisis ambiental, la corrupción, la ineficacia, no es ser subjetivo: es ser ciudadano.
La subjetividad del poder revela dos narrativas que conviven sin tocarse. La narrativa oficial, que aspira a la estabilidad, y la narrativa social, que exige justicia. No se trata de elegir una y desechar la otra, sino de reconciliarlas. Y esa reconciliación solo será posible si el gobierno reconoce que no posee el monopolio de la realidad.
Nombrar lo que ocurre no es una falta. Callarlo, sí.
México necesita instituciones que escuchen y que respondan. Necesita que el desacuerdo deje de verse como una amenaza y se entienda como un motor democrático. Necesita, en suma, un espacio donde todas las voces —las optimistas, las críticas, las dolientes— tengan cabida.
Si hablar de la realidad me hace subjetivo, entonces reivindico la subjetividad. Porque solo enfrentándonos a lo que duele podremos aspirar a lo que cura. Y porque, al final del día, la verdad no necesita permiso para existir.
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