
Las recientes declaraciones de Max Arriaga, director general de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública (SEP), han abierto una grieta significativa en el discurso y la práctica de la política educativa nacional.
Al afirmar que existe una “rebelión” dentro de la SEP contra los libros de texto gratuitos, convocar a la conformación de comités de defensa de la Nueva Escuela Mexicana (NEM) y sugerir una resignificación —cuando no una refundación— de la SEP como “Secretaría de Educación Pública y Popular”, Arriaga no solo expresa una postura ideológica: introduce un mecanismo de confrontación interna que amenaza con erosionar la gobernabilidad educativa y la confianza pública en las instituciones.
La gravedad del asunto no radica únicamente en el contenido de sus declaraciones, sino en el lugar desde donde se enuncian. Arriaga no es un actor externo, un académico crítico o un militante social al margen del Estado.
Es un funcionario de alto nivel dentro de la SEP, responsable precisamente de uno de los ejes más sensibles del sistema educativo: los materiales educativos oficiales. Desde esa posición, su discurso adquiere un peso institucional que trasciende la opinión y se convierte, de facto, en una acción política interna.
El primer problema es conceptual. Hablar de “rebelión” dentro de una secretaría de Estado supone la existencia de una autoridad ilegítima o de un proyecto traicionado desde dentro. Sin embargo, la SEP es una institución jerárquica cuya conducción corresponde al titular designado conforme al marco constitucional.
Si existen diferencias sobre el rumbo de la política educativa, estas deben procesarse mediante los mecanismos administrativos, técnicos y políticos previstos por el propio Estado. Apelar a la rebelión no es un recurso pedagógico ni administrativo; es un recurso de confrontación.
El segundo problema es organizativo. El llamado a formar comités de defensa de la NEM y de los libros de texto gratuito introduce una lógica de estructuras paralelas dentro de la administración pública.
En la historia política de México, la creación de comités “de defensa” ha estado asociada más a movimientos de movilización y presión que a procesos institucionales de mejora. Trasladar esa lógica al interior de la SEP implica normalizar la idea de que la política educativa se define por correlaciones de fuerza internas y no por procesos colegiados, técnicos y legalmente sustentados.
Esto genera un precedente peligroso: si cada subsecretaría, dirección general o proyecto estratégico se asume como portador de la “verdadera” visión transformadora, el resultado no será una educación pública fortalecida, sino una fragmentación interna que paraliza la toma de decisiones y confunde a los actores del sistema educativo, particularmente al magisterio.
El tercer elemento crítico es simbólico. Proponer —aunque sea en el plano discursivo— una transformación de la SEP hacia una “Secretaría de Educación Pública y Popular” no es un gesto menor.
El nombre de una institución del Estado no es una consigna ideológica; es una definición jurídica y política que delimita su carácter republicano, su vocación nacional y su obligación de servir a toda la población, no a un solo proyecto político o corriente de pensamiento. Introducir el adjetivo “popular” como elemento identitario, sin un consenso nacional ni un proceso legislativo, refuerza la percepción de que la educación pública se está subordinando a una narrativa de facción.
Desde una perspectiva crítica, estas declaraciones también dañan uno de los principios que la propia NEM dice defender: la centralidad del diálogo y la comunidad educativa. El discurso de confrontación interna sustituye el debate pedagógico por la descalificación política.
En lugar de discutir con rigor académico la calidad, pertinencia y viabilidad de los libros de texto, se construye una narrativa binaria: defensores de la transformación versus traidores o infiltrados del neoliberalismo. Esta lógica empobrece el debate educativo y lo aleja de las necesidades reales de las niñas, niños y adolescentes.
Las implicaciones para la educación en México son profundas. En un sistema ya golpeado por rezagos de aprendizaje, desigualdad territorial, precariedad docente y desconfianza social, introducir una disputa interna de carácter ideológico solo añade incertidumbre.
Los docentes requieren claridad, estabilidad y coherencia institucional, no llamados a la movilización interna contra su propia secretaría. Las familias necesitan certeza sobre los contenidos que reciben sus hijos, no la percepción de que los materiales educativos son armas de una disputa política.
Finalmente, cabe una reflexión incómoda pero necesaria: ¿no constituye este llamado una forma de rebelión del propio Max Arriaga contra la conducción de la SEP y, por extensión, contra la imagen de cohesión que el Estado mexicano busca proyectar?
Aunque no se trate de una rebelión formal, sí es una insubordinación discursiva que debilita la autoridad institucional y expone las fracturas internas del proyecto educativo gubernamental.
La educación pública no puede construirse desde la confrontación permanente ni desde la lógica del enemigo interno. Requiere crítica, sí, pero una crítica responsable, institucional y orientada al bien común.
Cuando el debate educativo se transforma en un campo de batalla ideológica dentro del propio Estado, quienes pierden no son los funcionarios ni las corrientes políticas: pierde la educación mexicana y, con ella, el futuro del país.
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