Imagen: María Luisa Pérez Perusquía
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Hace (4) meses

La OMS importa, incluso cuando la ONU tambalea

Según María Luisa Pérez Perusquía, aunque no siempre lo notemos, las decisiones de la OMS tienen un impacto directo en nuestras vidas.

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Se ha plasmado antes en este espacio que, en los últimos años, hablar de la Organización de las Naciones Unidas suele despertar más escepticismo que esperanza. Para muchos ciudadanos, la ONU se ha ido convirtiendo en un organismo lejano, atrapado en disputas políticas, vetos cruzados y una sensación persistente de ineficacia frente a los grandes problemas del mundo. En ese contexto, las decisiones que se toman en foros internacionales suelen parecernos ajenas, casi abstractas, como si ocurrieran en una esfera distante que no alcanza a tocar nuestra vida cotidiana. Esa percepción se extiende también a organismos especializados de la ONU como la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Para el ciudadano común, es fácil pensar que lo que ocurre en Ginebra no tiene una influencia real en su entorno cercano: en el hospital del barrio, en el consultorio, en la farmacia o en la escuela de sus hijos. Muchas veces creemos que son decisiones que no nos afectan, simplemente porque no logramos distinguir su impacto inmediato en nuestra vida diaria. Sin embargo, esa distancia aparente es engañosa. La salud no entiende de fronteras, ideologías ni bloques geopolíticos. Los virus tampoco. Gran parte de las políticas sanitarias que hoy damos por sentadas —desde los calendarios de vacunación hasta los protocolos ante emergencias epidemiológicas— existen gracias a la coordinación internacional que impulsa la OMS. Aunque no siempre lo notemos, su influencia está presente de forma silenciosa, pero constante, en nuestros sistemas de salud.

Por eso resulta especialmente preocupante el impacto que tiene la decisión de Estados Unidos de abandonar la organización. A primera vista, puede parecer un gesto político lejano, sin consecuencias visibles para el ciudadano común. Pero no se trata solo de un símbolo. Estados Unidos ha sido históricamente uno de los principales financiadores de la OMS y un actor clave en investigación, intercambio de datos y respuesta ante emergencias. Su salida debilita la capacidad operativa del organismo y reduce recursos que, directa o indirectamente, terminan afectando a todos. La realidad es que esta decisión no castiga a burócratas internacionales; nos alcanza, aunque no lo percibamos de inmediato. Afecta a los sistemas de alerta temprana que permiten detectar brotes antes de que se vuelvan incontrolables. A los programas de vacunación en países con menos recursos, cuya fragilidad tiene consecuencias globales. A la elaboración de guías sanitarias basadas en evidencia científica, que luego son adoptadas por los sistemas de salud nacionales.

Es cierto que la OMS no es perfecta. Como cualquier organismo multilateral, ha estado expuesta a presiones políticas, errores de gestión y decisiones discutibles. Pero la respuesta a esos fallos no debería ser el abandono, sino la reforma y el fortalecimiento. Debilitarla en un mundo ya marcado por la desconfianza y el repliegue nacionalista es una apuesta riesgosa. Con la salida de Estados Unidos ya oficializada, la pregunta inevitable es qué sigue para la Organización Mundial de la Salud. Tal vez la OMS deba reinventarse, diversificar sus apoyos, revisar su gobernanza y adaptarse a un mundo que ya no es el de 1948, cuando nació la ONU. Y es comprensible que muchos de los postulados del multilateralismo clásico hoy parezcan caducos: no porque fueran erróneos, sino porque la sociedad global se ha transformado, volviéndose más fragmentada, más escéptica y menos paciente. El multilateralismo clásico no colapsa por ingenuo, sino porque ya no refleja la realidad del poder global actual. Pero entender ese cambio no debería llevarnos a renunciar a la cooperación internacional, al menos no en materia de salud.

Precisamente porque el mundo es distinto —más interconectado, más móvil y también más vulnerable— la colaboración entre países sigue siendo una necesidad práctica, no un ideal ingenuo. La OMS puede y debe transformarse, pero su razón de ser debe permanecer intacta: coordinar, alertar y proteger en un planeta donde los riesgos sanitarios no respetan fronteras. La pregunta que queda abierta es tan simple como incómoda: cuando llegue la próxima crisis sanitaria global, ¿preferimos un mundo donde los países cooperen, aun con sus imperfecciones, o uno en el que cada nación intente salvarse sola? Aunque la ONU como sistema político esté debilitada, la cooperación técnica y práctica sigue siendo indispensable, especialmente en áreas como la salud.

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