¿En qué momento pensaron en las niñeces y adolescencias que, después de la escuela, regresan a casas hogar o espacios de asistencia? ¿En qué momento pensaron en quienes sobreviven gracias al vínculo con sus pares porque la realidad de sus hogares les rebasa?

El viernes pasado se anunció que el ciclo escolar terminaría cinco semanas antes de lo previsto debido a las olas de calor y a la logística del Mundial de futbol. Al día siguiente, vino otro ejercicio de gaslight institucional, después de cometer un error, el gobierno pretende hacernos creer que entendimos mal. Igual que el esposo o el novio narcisista que, después de ejercer violencia pasivoagresiva, intenta convencernos de que exageramos, de que estamos “sobrerreaccionando” o de que el daño nunca existió.
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Es infame la violencia patriarcal que se ejerce desde los puestos de poder más altos, y la ligereza con la que se toman decisiones sin consultar a las niñeces, sin considerar que las brechas más amplias de este país nacen de la organización desigual del cuidado.
De un plumazo, y con una sonrisa grande y despreocupada, salieron a anunciar, porque sí, lo escuchamos todes: “Hemos tomado la decisión de adelantar el cierre del ciclo escolar”. Así, sin más. Como si la escuela fuera un espacio prescindible. Como si el espectáculo, la negligencia y la omisión de dignificar la educación estuvieran por encima de los espacios de juego, convivencia, participación y construcción colectiva que las niñeces necesitan para vivir y desarrollarse. Para muchas de ellas, la escuela es el único lugar donde pueden jugar, sentirse seguras, construir vínculos, habitar la ternura o escapar, aunque sea por unas horas, de contextos atravesados por la violencia, el abandono o la precariedad.
A nuestras autoridades les urge revisar su adultocentrismo. Porque no se trata de que las madres “no quieran” a les niñes en casa, ni tampoco de falta de planificación familiar. Se trata de que en este país no existe corresponsabilidad real en los cuidados ni participación efectiva de todos los actores que deberían sostenerla.
El impacto de esta decisión vendrá en cascada. La cuidadora que es madre autónoma, la abuela que cría a las niñeces que perdieron a su madre en un feminicidio, la vecina que cuida a les hijes de la mujer migrante que no sabe si volverá. Todas ellas, cuando tengan que cumplir con horarios laborales inflexibles (formales o informales), se verán obligadas a delegar los cuidados en otras niñeces y adolescencias. Y de nuevo tendremos niñeces y adolescencias maternando y paternando cuando deberían estar jugando, descansando, estudiando y viviendo la escuela. Porque jugar y estudiar también son actos profundamente políticos. Son formas de resistencia frente a un mundo que constantemente les expulsa, les precariza y les arrebata el derecho a vivir una infancia digna.
Yo quiero saber en qué momento pensaron que esta decisión irresponsable podía aumentar la depresión, la ansiedad y los suicidios. ¿En qué momento pensaron en las niñeces y adolescencias que, después de la escuela, regresan a casas hogar o espacios de asistencia? ¿En qué momento pensaron en quienes sobreviven gracias al vínculo con sus pares porque la realidad de sus hogares les rebasa?
Al final se retractaron y dijeron que siempre sí se respeta el calendario escolar. Pero no hay nada que reconocer frente a su negligencia y su improvisación. Le quedan debiendo mucho a la niñez. Ponerles por debajo de un Mundial habla de un tremendo adultocentrismo. Administrar y tutelar desde el poder no es proteger a la niñez. Es garantizarles condiciones materiales y afectivas para vivir una vida digna, habitable y libre de violencia. Y esa debería ser la prioridad de cualquier gobierno que se atreva a llamarse justo.