Imagen: Marco Moreno
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Hace (10) meses

Hidalgo, entre el discurso y la realidad

Un Hidalgo real, contradictorio, dolido y esperanzado. Un estado que no necesita más promesas, sino verdades. Que no requiere más discursos, sino acciones

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Los años han pasado y la visión de Hidalgo varía en función del momento político que se vive. Hablamos de desarrollo cuando se asegura que estamos encaminados a convertirnos en una potencia económica o que encabezamos los avances en infraestructura y seguridad pública. Vaya, somos buenos en todo, aun cuando no se mira de forma clara en qué.

En algún momento afirmé que la ciudad de Pachuca, entre otras ciudades del estado, estaba perdida y sin rumbo. Esa percepción, lejos de cambiar, se consolida. El crecimiento desordenado del comercio ambulante habla de la mala promoción económica de la ciudad.

A esto se suma la precariedad laboral que enfrentan jóvenes profesionistas y adultos mayores: la falta de oportunidades reales y el estancamiento del sector industrial y de servicios hacen creer que Pachuca no será, en el corto plazo, ninguna potencia.

En 2023, el discurso oficial hablaba de la llegada de nuevas inversiones, de parques industriales, de acuerdos con diversas empresas. Sin embargo, el ritmo de crecimiento económico del estado apenas superó el 2 por ciento, muy por debajo del optimismo mostrado en los comunicados oficiales. 

La creación de empleos de calidad siguió siendo una deuda pendiente: la informalidad alcanzó más del 55 por ciento de la población ocupada y el salario promedio no superó los 7 mil pesos mensuales.

Pero regresemos. Hablamos del estado desde la perspectiva que se construye, la narrativa que se impone, la noticia que se distribuye… y dejamos de lado la otra realidad: la que se vive en cada hogar, en cada calle, en cada momento.

Por ejemplo: el domingo pasado, al oscurecer, un automóvil se acercó a las instalaciones de la Secretaría de Seguridad Pública en Pachuca y abrió fuego. No se reportaron heridos, pero se desplegó un operativo para dar con los perpetradores. ¿Resultados? Ninguno confirmado.

Ese mismo día, en una tienda de celulares del centro de la ciudad, se registró un asalto violento. A pesar de la movilización policiaca y del monitoreo de las cámaras del C5i, no hubo detenidos. Un patrón que se repite en decenas de hechos delictivos a lo largo de los últimos años.

En Tula, a la altura de la comunidad Iturbe, se registró un enfrentamiento entre fuerzas de seguridad y presuntos criminales, que dejó al parecer un agente abatido. Las autoridades respondieron con el ya tradicional “refrendamos nuestro compromiso”, aunque los hechos continúan sumándose sin que haya claridad sobre el avance de las investigaciones.

En Tizayuca, el hallazgo de restos humanos fue un recordatorio brutal de que los delitos de alto impacto no son ajenos a nuestra geografía. Se trata de una zona donde la población ha sido testigo del crecimiento de células criminales, muchas veces negadas por el discurso oficial.

A lo largo de este trienio, las afirmaciones del gobierno han transitado entre negar la presencia del crimen organizado a justificarla como un fenómeno nacional. En 2023, se aseguraba que Hidalgo era un estado en paz, sin presencia de grupos criminales estructurados. En 2025, se reconoció su existencia, pero bajo el argumento de que “no tienen el control territorial”. Para mediados de 2025, se reconoció que la violencia se ha incrementado, pero bajo el argumento de que es el resultado de disputas entre grupos foráneos.

En materia de seguridad pública, el discurso no ha logrado contener la percepción ciudadana. Según datos de la Encuesta Nacional de Seguridad Urbana (ENSU), en Pachuca, el 62 por ciento de los habitantes se sienten inseguros, cifra que ha crecido desde 2022. Lo mismo ocurre en Tulancingo, Tula, Tepeji del Río y otras ciudades con creciente actividad delictiva.

En paralelo, los esfuerzos en infraestructura se han centrado en obras como ampliaciones carreteras y algunas intervenciones en movilidad urbana. No obstante, muchas de estas acciones han estado marcadas por la opacidad en contratos, retrasos en ejecución o impacto limitado. El abandono del mantenimiento urbano, sobre todo en colonias periféricas, contrasta con los discursos de modernidad y vanguardia.

En el ámbito político, los años 2023, 2024 y lo que va de 2025 han sido un vaivén entre la confrontación partidista, el uso político de la justicia y la polarización en medios. La narrativa del “nuevo gobierno” como símbolo de transformación chocó con prácticas arraigadas: opacidad, nepotismo, clientelismo y uso propagandístico de los programas sociales.

La promesa de acabar con la corrupción quedó limitada a ciertos personajes del pasado. Aunque hubo detenciones mediáticas de exfuncionarios. En algunos municipios, los mismos actores políticos de siempre mantienen el control, con nuevos colores y viejas prácticas.

Y si hablamos de participación ciudadana, encontramos un estado cuya población sigue enfrentando dificultades estructurales: pobreza multidimensional (que afecta a más del 40 por ciento de la población), marginación, falta de acceso a servicios de salud de calidad y una educación pública que, aunque con esfuerzos valiosos, no logra responder a las expectativas del presente.

Los hechos frente a la narrativa, la realidad por encima del hombro discursivo: el otro Hidalgo. Ese que no aparece en los informes, pero que se palpa en las colonias sin pavimentar, en los comercios cerrados, en los jóvenes sin oportunidades, en los desaparecidos sin justicia, en las madres y mujeres que marchan sin respuestas.

Un Hidalgo real, contradictorio, dolido y esperanzado. Un estado que no necesita más promesas, sino verdades. Que no requiere más discursos, sino acciones. Que no busca solo cambiar de gobernantes, sino cambiar de fondo las condiciones que han permitido la desigualdad, la impunidad y el desencanto.

El anhelo de transformación no debe ser confiscado por ningún partido. Pertenece a quienes viven cada día en esta tierra. Y es a ellos —a nosotros— a quienes corresponde recuperar el rumbo, no desde el discurso, sino desde la acción consciente, crítica y comprometida.

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