Imagen: Enrique Olmos
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Hace (2) meses

Fuga de talentos artísticos hacia la CDMX

La cultura nacional es hoy un privilegio de vecindad: el país paga la función, pero solo la capital ocupa las butacas.

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El Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, la Orquesta Sinfónica Nacional, la Compañía Nacional de Danza, el Conservatorio Nacional de Música, la Fonoteca Nacional, la Hemeroteca Nacional, la Biblioteca Nacional, el Centro Nacional de las Artes, la Compañía Nacional de Teatro y la Escuela Nacional de Arte Teatral, entre otros, están en la Ciudad de México. Y así sucede con casi todas las instituciones culturales mexicanas que, amparadas en el pomposo adjetivo de “nacionales”, han decidido que la soberanía simbólica es una prerrogativa exclusiva del código postal capitalino. La lista es un inventario de la exclusión: todo lo que ostenta el timbre de lo nacional parece requerir, por decreto de los hechos, una residencia en el valle central. Es una democracia de ventanilla única donde el país entero sufraga la burocracia, pero solo el habitante de la metrópoli disfruta de la curaduría.

El despropósito alcanzó su clímax con la proliferación de las Cinetecas Nacionales: tres sedes —Xoco, las Artes y Chapultepec— apiñadas en un radio geográfico insultante. Es una suerte de endogamia cinematográfica donde el Estado insiste en saturar de pantallas un solo valle, mientras en los estados el cine de arte es una anomalía heroica o una descarga pirata. Se suma a esto la concentración de los recintos de cabecera: el Museo Nacional de Arte, el Museo Nacional de Antropología y el Museo Nacional de las Culturas, todos ellos confinados al perímetro capitalino. Se paga con el dinero de todos una sobreoferta para unos cuantos, mientras el resto de la República padece el ayuno de infraestructura o las migajas de los cuestionados semilleros creativos; es decir, el trabajo artístico profesional se fragua prioritariamente en las grandes urbes.

Esta concentración ejerce un efecto que tiene tintes de éxodo forzoso. El artista del interior, consciente de que en su espacio original el arte es una actividad de supervivencia, se ve compelido al peregrinaje hacia el centro. No se viaja a la capital por ambición cosmopolita, sino por la certeza de que, fuera de sus límites, el reconocimiento es un rumor que nunca llega a concretarse. Se amontonan los creadores donde sobran las butacas, alimentando una ilusión de trabajo que desemboca en la saturación y la competencia caníbal. El talento de los estados se consume en la capital no para crear, sino para sobrevivir en la periferia de un centro que ya no puede albergar más sueños ni más carpetas de proyecto.

Como señaló Gabriel Zaid: “El centralismo es la forma geográfica de la exclusión”. En México, la política cultural ha convertido al federalismo en una ficción jurídica; el presupuesto se recauda con la amplitud de la geografía, pero se gasta con la estrechez de una sola ciudad que se piensa el mundo. Es la macrocefalia del espíritu: una cabeza que engorda a expensas de un cuerpo nacional al que solo se le permite el rol de espectador remoto de sus propios impuestos.

Queda el deseo de que la actual administración entienda por fin que descentralizar no es mudar una oficina burocrática, sino devolverles la agencia y el recurso a los territorios. Que el quehacer cultural deje de ser un monólogo capitalino para convertirse en una conversación republicana.

Acotación: La cultura nacional es hoy un privilegio de vecindad: el país paga la función, pero solo la capital ocupa las butacas.

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