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Hace (11) meses

Entre el miedo y la esperanza: la violencia en Hidalgo y el desafío de sanar desde la raíz

Esta semana, la violencia volvió a cobrar vidas en distintas regiones del estado. Balaceras en plena vía pública, víctimas que apenas cruzaban la mayoría de edad y una ciudadanía que observa con angustia cómo la brutalidad deja de ser una excepción para convertirse en costumbre

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Berenice Estrada

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Esta semana, la violencia volvió a cobrar vidas en distintas regiones del estado. Balaceras en plena vía pública, víctimas que apenas cruzaban la mayoría de edad y una ciudadanía que observa con angustia cómo la brutalidad deja de ser una excepción para convertirse en costumbre. Cada ejecución no solo representa una pérdida humana, sino una grieta más en el tejido social que sostiene a nuestras comunidades.

Ante este panorama, seguimos alzando la voz. No por costumbre, sino por necesidad. La exigencia es clara: urge voluntad política real, no discursos vacíos. Se requieren políticas públicas con enfoque comunitario, preventivo y restaurativo. Políticas que no solo lleguen después de los disparos, sino antes, en los hogares, en las escuelas, en las emociones rotas que muchas veces se gestan en silencio.

Porque la violencia no nace de la nada. La mayoría de los factores que la alimentan están enraizados en dinámicas familiares fracturadas, en infancias no escuchadas, en juventudes que crecen sin un adulto que los mire con ternura o firmeza. ¿Qué pasa cuando los padres no están presentes porque trabajan jornadas dobles o triples para sobrevivir? ¿Qué ocurre cuando el tiempo con los hijos se reduce a mensajes de texto o miradas apuradas al final del día?

No se trata de culpar a quienes, con esfuerzo, intentan sostener una casa. Se trata de reconocer que la desconexión emocional entre padres e hijos es hoy una grieta profunda. Y esa grieta es aprovechada por las violencias: las del crimen organizado, la adicción, la soledad, el abandono y la desesperanza.

Diversas teorías han intentado explicar las raíces de la violencia. La teoría ecológica de Bronfenbrenner, por ejemplo, plantea que el desarrollo humano está influido por una red compleja de entornos: desde la familia directa hasta la comunidad, el sistema educativo, los medios de comunicación y las políticas públicas. Si uno de esos círculos falla, especialmente el núcleo familiar, se generan condiciones propicias para la agresión, la desintegración, y la pérdida del sentido de pertenencia.

Pero hay herramientas que pueden guiar nuevas formas de crianza y acompañamiento, incluso en medio de estas dificultades. El Círculo del Coraje, desarrollado a partir de enseñanzas de comunidades indígenas de América del Norte y adaptado por psicólogos como Brendtro, Brokenleg y Van Bockern, nos ofrece una mirada clara sobre lo que un niño necesita para crecer en equilibrio: pertenencia, generosidad, independencia y dominio.

La pertenencia implica sentirse parte de algo: de una familia, de una comunidad, de una escuela. Cuando un niño no se siente amado o aceptado, busca ese sentido de identidad en otros lados, muchas veces en lugares donde no hay cuidado ni respeto.

La generosidad es la capacidad de dar y recibir afecto, de participar en relaciones humanas que construyen. La violencia se alimenta del egoísmo, del aislamiento, de la falta de empatía.

La independencia es formar criterio propio, aprender a tomar decisiones. No se trata de imponer, sino de guiar. Los niños necesitan límites, pero también oportunidades para asumir responsabilidades.

El dominio no se refiere al poder sobre otros, sino a la capacidad de superar retos, desarrollar habilidades y sentirse competente. Un joven que se siente inútil o ignorado es más vulnerable a conductas destructivas.

Cuando estos cuatro pilares están en equilibrio, hay una base sólida para formar personas emocionalmente sanas. Cuando uno o más de estos aspectos se quiebran, crecen el resentimiento, la frustración y, muchas veces, la violencia.

Por eso, aunque no todos los padres pueden estar presentes todo el tiempo, sí pueden construir momentos de conexión real. Un desayuno sin pantallas, una conversación en el camino a la escuela, un “¿cómo estás?” dicho con el corazón. No se necesita perfección, se necesita presencia significativa.

Hidalgo sangra, sí, pero no está condenado. Aún hay tiempo para cambiar el rumbo si somos capaces de mirar el fondo y no solo las consecuencias. Cada niño que hoy vive una infancia rota es una oportunidad para reparar. Cada joven en riesgo es un llamado urgente a actuar. Y cada ciudadano que alza la voz es parte de la esperanza.

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