En México y el cualquier parte del mundo donde existe un salón de clases hay personas que enseñan, explican y acompañan, pero también hay silencios que se esconden y que muy pocos escuchan.

En México y el cualquier parte del mundo donde existe un salón de clases hay personas que enseñan, explican y acompañan, pero también hay silencios que se esconden y que muy pocos escuchan. Los docentes han aprendido a tener paciencia y fortaleza frente a sus alumnos, mientras guardan sus propias emociones. En muchas ocasiones se habla de resultados y exigencias, pocas veces se menciona el desgaste emocional de quienes educan día tras día.
El silencio emocional de los maestros no significa la ausencia de palabras, sino una forma de resistencia invisible que se ha creado con el paso del tiempo. Es una realidad urgente que nos obliga a mirar algo de suma importancia: cuidar la salud mental del docente es también cuidar la calidad de la educación que reciben los estudiantes, si los docentes están bien, procurarán mantener a sus estudiantes bien y con ello existirán mejores resultados.
Hoy en día, muchos docentes ocultan su sentir debido a que se les ha vendido la idea de que lo primero son los alumnos: que aprendan, que descubran, que crezcan en un ambiente seguro, aunque en ese camino las emociones de los maestros queden en segundo plano, como si el cansancio, la frustración o el miedo no tuvieran lugar en su profesión.
Entre las emociones que suelen guardar está la frustración de no ver, en algunos momentos, el progreso esperado en sus alumnos, a pesar del esfuerzo constante por planear, crear materiales y buscar nuevas estrategias. También está el miedo a que algo les ocurra a los alumnos bajo su cuidado, y la preocupación por las consecuencias que una situación inesperada pueda traer a sus vidas personales y profesionales. A todo esto, se suma el desgaste de querer hacerlo todo bien y la sensación de que, por más que se esfuercen, nunca es suficiente.
El trabajo del maestro no termina cuando se cierran los libros; continúa en casa y en la mente. A menudo se les exige formar, educar, atender y solucionar, pero pocas veces se reconoce que también son personas que sienten, se cansan y necesitan ser escuchadas.
Normalizar este silencio es aceptar una educación construida sobre el desgaste de quienes la sostienen. Reconocerlo, en cambio, es el primer paso para transformar la escuela en un espacio más humano, donde no solo se cuide el aprendizaje de los alumnos, sino también la dignidad emocional de quienes enseñan.
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