El PAN, la verdad, lleva años sin renovarse. Siguen con las mismas caras, los mismos discursos y la misma fórmula. No hay frescura, no hay autocrítica, no hay señales de vida. Y mientras tanto, ellos siguen con sus conferencias, sus selfies y su aire de “nosotros sí estamos haciendo algo”.

En esta columna ya hemos hablado de Morena y el PRI en Hidalgo. Pero hoy toca hablar de otro que tampoco canta mal las rancheras: el PAN. Sí, ese partido que en Hidalgo parece estar estancado en el mismo círculo desde hace años.
Y es que el Partido Acción Nacional sigue siendo territorio exclusivo de Asael Hernández Cerón. Él manda, él decide, él reparte. Desde hace mucho se ha paseado por todos los cargos posibles y ha ido dejando a su gente en los lugares clave, como si el partido fuera una herencia familiar.
Ahora resulta que ya hacen ruedas de prensa por cualquier cosa, como si anunciar una iniciativa fuera un logro en sí mismo. Esta vez, Asael anunció que va a subir una propuesta en la Cámara de Diputados federal para reforzar la seguridad en las carreteras de Hidalgo, sobre todo en el Arco Norte y la México-Querétaro, todo desde su curul de representación indígena, que ya de por sí ha sido muy cuestionada.
Lo curioso es que no importa qué tan simple o grande sea el anuncio, siempre lo presentan como si estuvieran salvando al estado. Como si levantarse a hacer su trabajo fuera algo extraordinario, algo que se tiene que aplaudir con bombo y platillo.
El PAN, la verdad, lleva años sin renovarse. Siguen con las mismas caras, los mismos discursos y la misma fórmula. No hay frescura, no hay autocrítica, no hay señales de vida. Y mientras tanto, ellos siguen con sus conferencias, sus selfies y su aire de “nosotros sí estamos haciendo algo”.
La pregunta es: ¿cuánto más puede aguantar un partido así, sin abrir ventanas, sin ventilar sus problemas, sin aceptar que están cada vez más lejos de ser una verdadera oposición?
La reciente negativa del delegado de Bienestar en Hidalgo, Abraham Mendoza Zenteno, respecto al acercamiento de una activista para apoyar a un adulto en situación de calle, refleja una preocupante desconexión entre las instituciones y las necesidades reales de la población vulnerable. En lugar de facilitar el acceso a programas sociales, se percibe una actitud burocrática que obstaculiza la labor de quienes buscan ayudar.