Ayer en la Capilla Sixtina del Vaticano se eligió a Robert Prevost, cardenal norteamericano con alta influencia latinoamericana, como nuevo papa de la Iglesia católica, quien decidió escoger como nombre pontificio el de León XIV.

Ayer en la Capilla Sixtina del Vaticano se eligió a Robert Prevost, cardenal norteamericano con alta influencia latinoamericana, como nuevo papa de la Iglesia católica, quien decidió escoger como nombre pontificio el de León XIV.
La iglesia católica es una institución con una alta carga de tradiciones y rituales, algunos incluso de más de mil años de antigüedad. Así, uno de los ritos más solemnes es el propio procedimiento para elegir a un nuevo Papa, el cual se realiza a través del cónclave, que es la congregación de los cardenales del mundo con capacidad para emitir su voto.
Por ello, el Espacio Abierto de hoy con mucho respeto aborda este tema desde una perspectiva electoral no religiosa y, por ende, poder señalar las razones para considerar que el cónclave católico contiene todos los elementos indispensables de una elección democrática adecuada a sus normas.
Las reglas de la elección son conocidas y aceptadas por quienes participan en ella: el procedimiento de elección está plasmado en la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis, la cual desde luego es conocida antes de iniciar las rondas de votación, incluido por ejemplo el hecho de que resulta electo Papa únicamente quien cuente con una mayoría de votos de al menos dos tercios de los cardenales.
Existe certeza de quienes pueden votar: una vez iniciado el cónclave, que como el origen de su nombre lo dice, es una reunión a puerta cerrada, únicamente están presentes y pueden votar los cardenales electores, que para el caso de la elección del nuevo Papa León XIV fueron 133, todos con menos de 80 años y provenientes de 71 países.
Todos los cardenales que integran el cónclave son susceptibles de ser electos Papa: no hay inscripción de candidaturas, ya que todos pueden ser electos, de manera que las rondas de votación iniciales comienzan a señalar hacia dónde pueden ir las preferencias de la mayoría, con miras a poder elegir un nuevo pontífice.
El voto es libre, secreto y directo: cada cardenal, bajo el rito canónico correspondiente, escribe en una papeleta el nombre del cardenal que considera debe ser electo Papa y de manera personal, solemne y secreta lo deposita en una urna.
Se cuentan los votos en presencia de todos: una vez concluida la votación, los cardenales elegidos como escrutadores y revisores extraen los votos de la urna y frente a todo el cónclave, de viva voz, anuncian los nombres de cada papeleta y realizan la sumatoria.
Alcanzados los votos suficientes, el conclave concluye alcanzando su propósito, haber electo al nuevo Papa que encabezará la Iglesia católica y al mismo tiempo a la Ciudad del Vaticano como su jefe de Estado.
Como vemos, en el cónclave católico existen los elementos básicos que todas las democracias del mundo requieren, reglas claras aceptadas antes de las votaciones, equidad en la elección, secrecía de los votos, publicidad en el conteo de estos y aceptación de los resultados.
Con estos principios, fundamentados en la democracia más elemental, la humanidad puede seguir eligiendo en paz a sus representantes de la sociedad y en el caso del cónclave católico y según la propia fe cristiana, al representante de Dios en la tierra.
Así el poder del voto.
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