Imagen: Marco Moreno
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Hace (9) meses

De insultos y drones: el México distraído

México está en un punto de inflexión: o seguimos atrapados en la lógica de “ellos contra nosotros” o diseñamos una nueva forma de dialogar, planear y actuar, que ponga la seguridad, la economía y la soberanía por encima de la victoria propagandística

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Sigues sin entender que las cosas han cambiado”, me dijo mientras caminábamos las calles llenas de baches y olvido de la ciudad. Guardé silencio mientras trataba de saltar sobre un registro abierto en la banqueta.

Lo miré fijamente y le pregunté: “¿En qué sentido ha sido el cambio?”.

Me fulminó con una mirada cargada de molestia. “Ustedes, los conservadores, añoran el pasado y las canonjías que el poder les daba”.

Sonreí. Le aseguré que sus explicaciones lo único que mostraban era un profundo desconocimiento de la realidad actual e histórica de México.

“Es que dijiste que pasamos de la polarización política a la discusión militante, y eso no es verdad. Somos la transformación del país, la revolución de las conciencias”.

¿Qué responder a eso? Me limité a seguir caminando.

Sonrió como quien cree haber ganado un debate y lanzó la sentencia final: “Ustedes son corruptos y serviles”.

Esa pequeña escena resume el clima que hoy domina la conversación pública mexicana: un país donde el intercambio de ideas se ha reducido a un intercambio de etiquetas. Quien no comparte la visión oficialista es, por definición, un enemigo, un corrupto o un oportunista. El matiz, la evidencia, el diálogo… son vistos como concesiones inaceptables.

La narrativa oficial ha logrado algo que pocas veces se había visto con tanta fuerza: trasladar la discusión pública del terreno racional al terreno militante. No se debate para convencer; se combate para aniquilar moralmente al adversario. En ese contexto, cualquier señalamiento crítico hacia el gobierno es recibido con la artillería verbal de la descalificación: “vendepatrias”, “neoliberal”, “adversario del pueblo”.

El problema es que mientras México se consume en esta pugna interna, afuera se mueven piezas que amenazan con cambiar radicalmente nuestro panorama económico y de seguridad. Las advertencias no son menores: la imposición de aranceles por parte de Estados Unidos a ciertos productos mexicanos —bajo el pretexto de prácticas comerciales desleales o, peor aún, como herramienta de presión política— ya está en la mesa de negociaciones.

Es una medida que puede frenar inversiones, encarecer exportaciones y, en un escenario extremo, comprometer el crecimiento económico que con tanto esfuerzo se intenta mantener.

Y si lo económico preocupa, lo de seguridad inquieta aún más. Las órdenes ejecutivas firmadas por Donald Trump —desde la Casa Blanca y que han sido retomadas en ciertos sectores republicanos— para justificar intervenciones en territorio mexicano mediante el uso de aviones no tripulados (drones) son un recordatorio inquietante de la fragilidad de nuestra soberanía frente a la agenda de Washington.

Lo que para ellos es “neutralizar amenazas” en la frontera, para nosotros podría significar la normalización de incursiones militares sin nuestro consentimiento formal.

Pero en la discusión nacional, estos temas estratégicos parecen relegados. La energía política y mediática se gasta en acusar y defender, en pelear por símbolos y narrativas, mientras se pospone la construcción de soluciones para problemas reales.

¿Por qué ocurre esto? Porque el esquema actual recompensa la lealtad ciega más que la eficacia, la narrativa más que el resultado. Un gobierno que enfrenta desafíos externos sin una oposición articulada, pero con una sociedad civil dividida, tiene el camino libre para imponer su relato. Y una oposición que responde únicamente con adjetivos y denuncias, sin ofrecer alternativas claras, refuerza la percepción de que es incapaz de gobernar.

Es cierto: la corrupción ha sido una herida profunda en la historia de México, y la ciudadanía tiene derecho a señalarla. Pero convertir la acusación de “corrupto” en el punto de partida y de llegada de todo debate público, sin investigar ni demostrar, termina vaciando de contenido esa denuncia. El riesgo es que la corrupción, real o supuesta, se vuelva un arma retórica que ya no indigne, sino que anestesie.

México necesita cambiar el guion. No se trata de renunciar a la crítica, sino de pasar del insulto al argumento, de la acusación automática a la investigación documentada.

En materia de seguridad, la narrativa interna debe reconocer que las amenazas trascienden nuestras fronteras. Un replanteamiento estratégico implicaría coordinar esfuerzos con Estados Unidos, pero desde la igualdad soberana, no desde la subordinación. Si no tenemos un plan propio para combatir el crimen trasnacional, otros lo impondrán por nosotros, drones incluidos.

En lo económico, el reto es diversificar mercados y fortalecer el mercado interno para que las amenazas de aranceles no nos dejen en jaque. Apostar por la innovación, la infraestructura y la capacitación laboral no son lujos: son la única defensa real contra el chantaje comercial.

En cuanto a la buena vecindad, es hora de entender que las relaciones internacionales no se sostienen solo en la diplomacia formal, sino en la credibilidad. Estados Unidos, China, Europa y América Latina toman nota de nuestra capacidad —o incapacidad— de llegar a consensos internos para enfrentar problemas comunes. Un país fracturado en bandos irreconciliables es un país débil ante cualquier negociación.

La anécdota de mi caminata por la calle llena de baches no es solo un retrato de las carencias físicas de nuestras ciudades, es también un espejo de la pobreza de nuestro debate público. Nos hemos acostumbrado a señalar al otro como el culpable absoluto, a reducirlo a una caricatura política, mientras los problemas estructurales crecen sin ser atendidos.

El discurso militante puede movilizar masas, pero no construye puentes. Y sin puentes —entre ciudadanos, entre sectores, entre países— no hay transformación que resista la presión del exterior.

México está en un punto de inflexión: o seguimos atrapados en la lógica de “ellos contra nosotros” o diseñamos una nueva forma de dialogar, planear y actuar, que ponga la seguridad, la economía y la soberanía por encima de la victoria propagandística.

Lo triste sería que, mientras nos gritamos “corruptos” y “oportunistas” en la plaza pública, otros escriban por nosotros el próximo capítulo de nuestra historia.

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