En 1953, poco antes de que concluyeran los servicios del ferrocarril Hidalgo, la cámara fotográfica captó la fachada lateral de la estación Hidalgo por el lado de una larga barda

Además de la línea del ferrocarril mexicano, Pachuca estuvo también contactada con el resto del país a través del ferrocarril de Hidalgo y del nordeste, propiedad del acaudalado empresario Gabriel Mancera —nacido en Mineral del Chico—, quien logró obtener autorización para construir vías ferroviarias que conectaran a la entidad hidalguense con el resto del país.
En el caso de Pachuca, si bien el ferrocarril Hidalgo llegó a esta ciudad hacia 1883, su estación terminal fue inaugurada hasta los primeros años del siglo XX. El edificio levantado en la confluencia de la avenida Juárez y la calle de Xicoténcatl destacaba por su sobria fachada realizada en cantera blanca, caracterizada por sus dos grandes puertas de acceso ubicadas debajo sendos frontispicios triangulares que conducían a los viajantes al área de boletaje y andenes, flanqueadas por cuatro ventanas con cerramiento de medio punto: dos al centro y una cada lado de los vanos de acceso; finalmente, su fachada, por una especie de remate semicircular, concluía en un gran.
Esta placa, que corresponde al año de 1927, permite admirar la sencilla, aunque simbólica, fachada de la estación del ferrocarril, frente a la que desfilaba periódicamente el tranvía urbano, cuya vía, como puede observarse, cruzaba frente a las puertas de acceso a la terminal. Dos elementos se significan además en esta imagen: al fondo, del lado derecho, la famosa lonchería La Luz Roja, y desde luego los portales de la casa de don José Ladero y Cos, que muchos años después sirvieran de referencia para levantar los que hoy rodean a la Plaza Juárez.
En 1953, poco antes de que concluyeran los servicios del ferrocarril Hidalgo, la cámara fotográfica captó la fachada lateral de la estación Hidalgo por el lado de una larga barda; la estación fue célebre por el establecimiento de su corrida a Ciudad de México, conocida como el “rápido de las siete”, que invertía tan solo unos diez minutos para conectar a la capital del estado con la de Ciudad de México en su corrida más tempranera —parece que pronto podremos gozar de un servicio similar con el restablecimiento de las líneas ferroviarias—. ¡Qué tiempos!, ¿no le parece, amable lector?
