Bajo el disfraz de la propuesta pedagógica o el mensaje positivo, los adultos seguimos colonizando el imaginario de quienes no votan, pero sí imaginan…

Asistimos a una nueva efeméride: el Día Mundial del Teatro para Niñas, Niños y Jóvenes. La liturgia institucional nos convoca a celebrar el arte escénico para las primeras etapas de la vida, mientras en las carteleras persiste un vicio inconfesable: el adultocentrismo. Bajo el disfraz de la propuesta pedagógica o el mensaje positivo, los adultos seguimos colonizando el imaginario de quienes no votan, pero sí imaginan. Es la paradoja de un gremio que se lamenta por la escasez de público, pero que insiste en ofrecer contenidos que no dialogan con el presente del niño o el adolescente, sino con la nostalgia o la moralina del creador. Basta mirar el gasto en materia de artes escénicas: la programación para adultos duplica a los espectáculos de públicos específicos.
El tema no es la falta de talento, sino la mirada. La política cultural y educativa sigue observando desde una supuesta superioridad interpretativa que asume que el menor es un ciudadano en potencia y no un ser completo en el presente. En México, esta orfandad estética se agrava en el sistema escolar, donde el arte es visto como una obligatoriedad cívica y no como un derecho al goce. Es ahí donde el artista convertido en profesor choca invariablemente contra la pared rígida de directores e inspectores —funcionarios de la norma que prefieren la repetición mecánica de los festivales de primavera y las pastorelas antes que el riesgo de una creación auténtica—, contra padres de familia incapaces de entender las posibilidades del arte y contra un puñado de educandos anestesiados por las pantallas. Por lo tanto, el bailable folclórico o moderno es una herramienta de control y disciplina, nunca un espacio de libertad; lo mismo ocurre al obligar a cerebros inquietos y creativos a tocar la flauta con copioso tedio en un patio soleado.
Esta precariedad pedagógica aniquila la curiosidad. Si el primer contacto de un adolescente con la escena es un sermón disfrazado de fábula o una coreografía rígida en el patio cívico para cumplir con el calendario oficial, lo que estamos formando no son espectadores, sino desertores culturales cercados por referentes que van más allá del entretenimiento. En el escenario, ese cerco se traduce en obras que subestiman la inteligencia emocional de la juventud, convirtiendo la experiencia estética en una extensión de la disciplina escolar.
Desde la neurociencia, sabemos que la vida artística no es un adorno curricular, sino una necesidad biológica. La exposición a artes escénicas que desafían la percepción activa la neuroplasticidad y fortalece el sistema de neuronas espejo, fundamentales para el desarrollo de la empatía. Un niño o un joven que habita el drama o decodifica la metáfora de la danza está entrenando su cerebro para comprender la alteridad. En un país fragmentado, pacificar a través del arte en la educación básica no es un eslogan romántico; es una estrategia cognitiva: el arte permite que el individuo reconozca el dolor y la alegría ajenos como propios, desactivando la pulsión de la violencia mediante el entendimiento del otro.
Es contradictorio que sea yo, un adulto, quien reclame este espacio. Pero la necesidad de acudir al teatro, al circo o a la danza debe ser planteada como un derecho fundamental al riesgo y a la belleza. Si los artistas queremos llenar las salas, debemos dejar de mirarnos el ombligo y empezar a mirar a la altura de los ojos de quienes hoy, en medio del ruido digital, demandan una verdad que solo el cuerpo presente sobre un escenario puede ofrecer.
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