Imagen: Rizieri Plascencia
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Hace (19) meses

Como agua para chocolate… una historia de memorias

Yo terminé de leer Como agua para chocolate justo unos 15 minutos antes de bajar en Florencia. Mejor no lo hubiera hecho. Terminé en un mar de lágrimas, pues al final el libro habla del amor de las madres, de la comida y la sazón que ellas le ponen con su amor a sus guisados

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Estaba arrumbado en un estante en Raggio di Sole. Era apenas un pequeño libro cuyo título me hacía eco en la memoria. Recordaba que mis papás mencionaban que esa película “era para adultos” en aquel momento en que salió.

Tal vez el morbo me llamó a tomarlo y leerlo. No sabía cómo había llegado ese libro ahí, a miles de kilómetros de casa, hasta que después me enteré.

Era una tarde de verano de 2008. Yo estaba haciendo labor de voluntariado en Verona, Italia. Estaba aburrido, en la adolescencia, molesto; extrañaba mi casa, la comida de mi mamá. Era la primera vez que estaba en el extranjero.

Tomé el libro y decidí comenzar a leerlo. No pude soltarlo, tal vez porque, en ese momento, extrañaba mucho la comida mexicana. Siempre he comido mucho picante, y en Verona no había tanto. Solo cuando iba a la trattoria, una especie de fonda italiana, de Vitto, un señor de unos 60 y pico años, que sabía que soy mexicano, era cuando podía comer pepperoncino, porque le ponía bastante picante a mi pasta.

Así comenzó mi relación con Como agua para chocolate, de Laura Esquivel, que ha marcado mi vida en tres momentos diferentes. Este fue el primero. Era el único libro en español en el estante de Raggio di Sole, la estancia donde vivíamos los voluntarios de un programa internacional; habíamos mexicanos, franceses, coreanos y una norteamericana. Vivíamos todos en la misma casa. Entendernos era como una torre de babel: algunos hablaban solo francés, otros solo inglés y la comunicación era bastante difícil a veces.

Tomé entonces, incitado por el morbo, el libro en cuestión. Disfruté leerlo y la boca se me hacía agua con cada receta.

Un sábado, que era el día que tenía libre, decidí ir por mi cuenta a Florencia. Tenía muchas ganas de ver al David, de Miguel Ángel. Esa magnífica obra de arte de la que todo mundo habla. En tren, de Verona a Florencia son unas tres horas, tomando el Eurostar, el más rápido en aquel momento, y con una escala en Bolonia.

Así que me faltaban solo unos tres capítulos y decidí que para matar esas tres horas de viaje sería buena opción terminar el libro.

Comencé el andar en el tren, mientras leía no me di cuenta del tiempo y llegó la escala en Bolonia. Subió una pareja, padre e hija, que se sentaron frente a mí en el vagón. Vieron que el libro que leía estaba en español y comenzaron a hacerme la plática. Eran de Coahuila y estaban de vacaciones. Iban también a ver al David, pero antes pasarían a Milán. Después de una plática de media hora, bajaron en la siguiente estación.

Yo terminé de leer Como agua para chocolate justo unos 15 minutos antes de bajar en Florencia. Mejor no lo hubiera hecho. Terminé en un mar de lágrimas, pues al final el libro habla del amor de las madres, de la comida y la sazón que ellas le ponen con su amor a sus guisados. Yo extrañaba mucho a mi mamá y, sobre todo, sus enchiladas verdes. No la había visto en tres meses y estaba muy muy lejos de ella. Costear una llamada era casi imposible, así que solo nos enviábamos correos electrónicos a través de mi hermana.

Bajé del tren desmoralizado, con el ánimo abajo porque la extrañaba. Pensando en ella, en que quisiera que tuviera mis ojos para que viera lo maravilloso que yo veía, que sintiera el sabor de la comida, que supera a qué huele Italia.

Traía en el bolsillo solo 28 euros, porque quise darme el lujo de pagar 60 euros en el viaje redondo de Verona a Florencia, así que mi hambre era mucha y mi dinero, poco. Todavía había que pagar las entradas a los museos.

Pero había un truco que siempre salvaba mi estómago y ese era la cheeseburguer de McDonald’s a un euro, unos 15 pesos mexicanos en ese entonces; así que compré tres, una Coca-Cola y listo para la jornada.

Mientras las mordía, no podía dejar de imaginarme que comía las codornices en pétalos de rosa, las tortas de Navidad con chorizo y todos los guisados y platillos que Laura Esquivel presenta al lector.

Así que ese día, en Florencia, fue mi primera relación con este libro. Ese día conocí a pie la ciudad, vi al David original y la réplica desde la parte más alta de la ciudad. Conocí su verde catedral y mientras paseaba por todos esos lugares añoraba que mi madre tuviera mis ojos para sorprenderse con lo que yo me maravillaba.

Cinco años después, mientras estudiaba en Seúl, Corea del Sur, fui a la videoteca de la Universidad Hankuk de Estudios Extranjeros a hacer una tarea de Inglés para el periodismo. Nos pusieron a buscar películas en nuestro idioma para hacer un análisis y, nuevamente, el único DVD disponible en español era ni más ni menos que Como agua para chocolate, de Alfonso Arau.

El morbo y la alegría invadieron mi ser. Un lustro antes, cuando leí el libro, me parecieron poco lujuriosas las escenas sexuales que se narran, pero vi la película y tampoco entendí por qué en su momento la catalogaron como un filme para adultos.

Tal vez por la escena en que Gertrudis monta a caballo mientras hace el amor a un extraño o por la parte final en que Tita por fin se fusiona en un solo ser con Pedro y encienden ambos todos los fósforos de su cajita y sabemos qué pasa después.

O por la escena en que Marco Leonardi, el italiano que interpreta a Pedro en la película, muestra el pene en todo su esplendor.

La última conexión que tuve con Como agua para chocolate fue cuando en México me reencontré con María, quien era la encargada de Raggio di Sole. Ella es mexicana y de Pachuca también. Nos encontramos años después y tomamos un café, por azares hablamos sobre Laura Esquivel; ella dijo que la autora es muy amiga de su madre y que le había regalado incluso el libro a su mamá y lo había llevado a Italia. Después no lo volvió a ver. Lo que María no sabe, y seguirá sin saber si no lee esta columna, es que ese libro lo tengo yo, guardado como un recuerdo del mejor verano de mi vida, de por qué el amor de una madre incluso se transmite hasta en la comida…

Años después en las noticias vi que Laura Esquivel preparaba la secuela y tercera parte de Como agua para chocolate: El diario de Tita y Mi oscuro pasado. Sin dudarlo, los compré esta vez y los leí y quedé fascinado al completar la historia.

Solo dos veces he regalado este libro a personas muy importantes en mi vida, porque tiene una carga emocional muy fuerte para mí y me gustaría que las personas que lo han recibido de mi parte, en formato físico o digital, sientan el poder de sus letras y se dejen cautivar y sorprender por la cocina y el amor. Si usted, amable lector, se cautivó como yo con ese libro, le recomiendo los dos tomos que completan la trilogía: El diario de Tita y Mi oscuro pasado, de la gran novelista Laura Esquivel.

SUCINTO: Se estrenó el pasado 3 de noviembre en la plataforma Max la serie basada en la trilogía de Laura Esquivel. Hasta el momento no ha decepcionado y, desde mi punto de vista, ha sido fiel en personajes a la historia e incluso coloca más precisamente al espectador en un espacio-tiempo necesario, que se omite en los tres libros, pero se sobreentiende la temporalidad. A ver cómo termina.

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