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Hace (8) meses

¿Circular?

La circularidad es más que reciclar: es un cambio de rumbo hacia una vida digna en un planeta habitable. Y esa promesa no se negocia en foros ni se posterga en diagnósticos; se construye con decisiones hoy

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Es claro que vivimos en una economía lineal, en la cual el principio básico es extraer–producir–usar–desechar es el modelo en el cual adquirimos nuevos productos, los consumimos y desechamos. De todo tipo, ropa, bebidas, muebles, electrónicos, entre otros muchos productos que generan desde su producción residuos y contaminación.

Es el modelo al que nos hemos enfrentado de manera cotidiana buscando construir alternativas que permitan aprovechar los recursos de manera adecuada y reducir la generación de residuos significativamente.

Cuando demandamos a las empresas por sus altos impactos ambientales y en la salud, buscamos alterar ese modelo, impactar en él de tal manera que los cambios sean profundos y su transformación sea real. Es algo en lo que trabajamos de manera cotidiana frente al poder económico y el poder político.

Sin embargo, el documento Bases para la Elaboración de un Diagnóstico de la Estrategia Nacional de Economía Circular en México, elaborado por la Semarnat, nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿se está planteando realmente una transición hacia una economía circular o estamos maquillando de verde el mismo modelo lineal que nos trajo hasta aquí?

La economía circular (EC) no es un mero manual de eficiencia productiva. Su objetivo fundamental es claro y transformador: eliminar los residuos y la contaminación desde el diseño mismo de los productos y servicios, mantener los materiales en uso durante el mayor tiempo posible y regenerar los sistemas naturales. En otras palabras, busca desacoplar el crecimiento económico del consumo de recursos finitos, creando un sistema que se sostenga en el tiempo sin agotar los ecosistemas de los cuales dependemos.

Este modelo propone algo más radical que reciclar: repensar la forma en que producimos, consumimos y vivimos. Significa rechazar productos innecesarios, reducir la extracción de materias primas, alargar la vida útil de lo que ya existe, reparar en vez de desechar, y, sobre todo, regenerar la naturaleza en lugar de explotarla hasta el colapso. La economía circular no se mide únicamente en toneladas recicladas, sino en cuánto logramos disminuir la presión sobre los límites planetarios.

El documento de Semarnat presenta una narrativa que, en apariencia, abraza la circularidad, pero en el fondo la reduce a un instrumento de competitividad económica. Habla de “fortalecer sectores industriales estratégicos”, de “diversificación económica” y de “atraer inversión extranjera” como motores de la transición. Si bien la competitividad y el desarrollo económico no son negativos en sí mismos, hay una contradicción estructural: la circularidad no nació para hacer crecer más rápido las economías, sino para crecer de manera distinta, dentro de los límites ecológicos.

Mientras la economía circular busca reducir el consumo global de recursos, el documento coloca como prioridad “sofisticar cadenas de valor” y “aprovechar mercados emergentes”. Así, la EC se convierte en una herramienta para volver más “eficiente” la misma maquinaria extractiva que nos ha llevado a la crisis climática.

En teoría, las estrategias de circularidad se guían por las llamadas 10R: rechazar, repensar, reducir, reutilizar, reparar, renovar, remanufacturar, reciclar, recuperar y revalorizar. En la práctica, el documento enfatiza sobre todo las últimas, es decir, reciclar y revalorizar residuos. Esto equivale a administrar mejor la basura, pero sin transformar el patrón de consumo que la genera. La verdadera circularidad comienza al rechazar lo innecesario y reducir el consumo, pasos que rara vez aparecen como prioridad en la política oficial.

El texto plantea a la electromovilidad, la bioeconomía y el hidrógeno verde como los tres grandes pilares de la transición circular. Pero estas soluciones, aunque prometedoras, no están exentas de reproducir el viejo modelo extractivo: la electromovilidad depende de la minería intensiva de litio y otros metales críticos; la bioeconomía, si no se regula, puede significar mayor presión sobre suelos y agua, y el hidrógeno verde requiere cantidades colosales de energía y agua para su producción. No se trata de negar su potencial, sino de advertir que no son circulares per se.

El documento menciona la necesidad de regenerar ecosistemas, pero lo hace en un segundo plano, como un apéndice del discurso económico. En la lógica circular auténtica, la regeneración de la naturaleza es el eje central, no un componente adicional. Sin ella, todo esfuerzo de circularidad se convierte en un ejercicio de eficiencia, no en un cambio de paradigma.

Si la economía circular se convierte en un nuevo eslogan para impulsar industrias limpias en el papel, sin cuestionar el consumo masivo de recursos, habremos caído en lo que muchos llaman greenwashing institucional. No basta con mejorar las tasas de reciclaje o abrir mercados para tecnologías emergentes si, al mismo tiempo, seguimos duplicando la extracción de minerales o expandiendo la frontera agrícola a costa de los bosques.

La circularidad auténtica implica decisiones políticas incómodas: limitar la extracción de ciertos materiales, regular la obsolescencia programada, penalizar modelos de negocio basados en el derroche y replantear las prioridades del desarrollo económico. Implica, también, redistribuir los beneficios de una economía que no puede seguir siendo acumulativa en unos cuantos sectores, sino incluyente y justa.

El documento de Semarnat habla de “no dejar a nadie atrás”, pero al priorizar la competitividad y la inversión, corre el riesgo de repetir la misma promesa incumplida de los modelos anteriores: desarrollo para unos pocos, externalidades para la mayoría.

La economía circular es más que un manual técnico; es una promesa política y ética. Significa asumir que nuestra generación no puede seguir hipotecando el futuro de las siguientes. Que no se trata de diseñar un nuevo traje para el viejo modelo lineal, sino de cambiar la estructura misma de la economía.

En un país como México, atravesado por la desigualdad y por un modelo productivo profundamente dependiente de la extracción de recursos naturales, la circularidad debería ser sinónimo de justicia ambiental y social. Implica garantizar agua limpia para todos antes que megaproyectos, reparar territorios dañados por la minería, y reconocer el papel de comunidades que ya practican formas de circularidad desde la economía popular hasta los saberes indígenas.

La pregunta que debemos hacernos es si México está dispuesto a abrazar la circularidad en serio o si seguirá utilizándola como un nuevo discurso de modernización económica. Porque si lo que buscamos es evitar el colapso ecológico y social que ya asoma en sequías, inundaciones, incendios y crisis alimentaria, entonces no hay margen para medias tintas.

La circularidad es más que reciclar: es un cambio de rumbo hacia una vida digna en un planeta habitable. Y esa promesa no se negocia en foros ni se posterga en diagnósticos; se construye con decisiones hoy.

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