Aún no puedo creer que una amistad de 33 años, un mes y nueve días quedara suspendida hasta un nuevo encuentro…

Aún no puedo creer que una amistad de 33 años, un mes y nueve días quedara suspendida hasta un nuevo encuentro…
Aún no puedo creer que se cumpliera esa frase de que “nuestro destino estaba marcado” y que poco a poco fuimos descubriendo que era cierto, mientras caminábamos juntos en esta aventura llamada periodismo…
Tan cierto fue lo del destino que, descubrimos coincidencias mientras manteníamos largas conversaciones en la sala de prensa de Palacio de Gobierno, esa oficina punto de encuentro de compañeros reporteros, fotógrafos y que poco a poco políticos con mentalidad pequeña y miserable fueron desmantelando hasta lograr dividir al gremio…
En esas charlas de escritorio a escritorio descubrimos que nuestras familias eran vecinas de colonias en la Ciudad de México, que éramos chilangos de corazón y de nacencia, y que nos gustaban los tacos de la Morena, aunque siempre reclamó que no me gustara el pan de dulce…
También nos enteramos de que nuestros hijos eran casi gemelos, habían nacido con pocas horas de diferencia el mismo día, mes y año…
Juntos, ambos con los hijos, compartimos largas filas para ver a los delfines…
Y con todas esas coincidencias, comenzamos un largo camino en el periodismo, donde en ocasiones trabajábamos juntos, como la cobertura del huracán Gert que nos llevó a viajar de Pachuca hasta Huejutla costeando por Veracruz mientras observábamos cómo los vientos arrancaban árboles de raíz…
O el linchamiento de los presuntos secuestradores en Huejutla o la caída del Mexe…
Aún no puedo recordar del todo cientos de vivencias que Martínez y yo enfrentamos, siempre discutiendo, siempre burlándose de mi estilo, en ocasiones ridículo, pero con la verdad por delante, aunque se encabronaran los funcionarios…
Aún no puedo creer que compartimos junto con don Chemo tardes en cantinas de poca monta, como diría Paco Olvera, en las que los manotazos del decano de la comunicación sobre la mesa hacían retumbar las paredes de los tugurios…
Con los años, don Chemo y yo afianzamos la amistad y escalamos a la figura de testigos de la boda de Martínez, toda una responsabilidad moral que asumimos con gusto. Faltaba más, porque compartíamos su felicidad…
Recorrimos comunidades buscando historias que sorprendían a los jefes de comunicación que aseguraban que dichas historias las encontrábamos hasta debajo de las piedras y todo con el afán de señalar las deficiencias de la política social…
Aún no puedo creer que por años las Malas Palabras acompañaron las columnas de Martínez, siempre agudas, siempre puntuales, la mayoría de las ocasiones chingativas y que ahora esas Malas Palabras se sienten huérfanas de consejero y sensei…
Aún no puedo entender cómo Martínez padeció en silencio una enfermedad que poco a poco le fue restando fuerza, pero que lo mantuvo erguido, firme hasta el último momento…
Aún no puedo escribir de Martínez sin que sienta el dolor de perder a mi mejor amigo y cómplice…
Aún no puedo asimilar su partida y esa sensación de vacío, como si algo me faltara…
Irreverente, contestatario, combativo, honesto, periodista incómodo, agudo columnista, extraordinario reportero, pero, sobre todo, mejor amigo, hijo, hermano, padre y esposo.
Así te recordaré siempre, Martínez.
Hasta pronto…
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