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ColumnasRicardo Rocha

Felipe, el perseguible… Enrique, el intocable


Para Andrés Manuel López Obrador llegó el momento de ponerse en paz con la historia. Al menos con su historia. Si la venganza es una sopa fría, esta se ha venido enfriando durante 14 largos años. El desquite de cuando Felipe Calderón le robó la presidencia en 2006. Algo de lo que siempre ha estado convencido. Un agravio que no ha podido ser olvidado. Una herida que no cierra en su memoria.

La aparición en el tablero político de Emilio Lozoya es ahora la clave. Si bien la mayoría de las acusaciones de corrupción se centran en el periodo en que este fue director de Pemex y actor estelar del escándalo de Odebrecht, el actual gobierno ha decidido ir un poco más atrás hasta Etileno XXI, un gigantesco proyecto petroquímico que tuvo el apoyo decisorio de Felipe Calderón, cuando fue secretario de Energía. Desde entonces se han denunciado graves actos de corrupción en complicidad con las empresas Braskem de Brasil y la mexicana Idesa.

Así que el expresidente panista está en la mira del fiscal Gertz Manero, supuestamente con las pruebas suficientes para llevarlo a la cárcel o al menos a un vergonzante juicio que de paso acabaría con su proyecto político de México Libre para competir en 2021.

El caso de la relación del presidente López Obrador con el expresidente Peña Nieto es muy distinta. Baste recordar que los primeros instantes de la Presidencia de la 4T fueron un reconocimiento histórico de quien llegaba a quien se iba: “Diputadas y diputados. Senadoras, senadores, autoridades locales y federales. Invitadas e invitados del extranjero. Licenciado Enrique Peña Nieto, le agradezco sus atenciones. Pero sobre todo le reconozco el hecho de no haber intervenido como lo hicieron otros presidentes en las pasadas elecciones presidenciales. Hemos padecido ya ese atropello antidemocrático y valoramos que el presidente en funciones respete la voluntad del pueblo. Por eso, muchas gracias licenciado Peña Nieto”.

Todavía se recuerdan las caras de asombro. Porque ambos representaban entonces posturas antitéticas. El uno, lo establecido y el hartazgo. El recién llegado, el cambio de régimen y ruptura, que a pesar del gesto cortés del principio, quedaría plasmado minutos más tarde: “La crisis de México se originó no solo por el fracaso del modelo económico neoliberal aplicado en los últimos 36 años, sino también por el predominio en este periodo de la más inmunda corrupción pública y privada”.

Ahí marcó su distancia, pero no con un odio enfermizo como el que persiste con Calderón en ambos sentidos: después del robo presidencial, López Obrador tomó Reforma y el Zócalo durante 47 eternos días, mientras Calderón se mofaba “ganamos, haiga sido como haiga sido”; Andrés Manuel se proclamó presidente legítimo mientras que Felipe tuvo que tomar posesión por la puerta trasera del Congreso. Así o más fiereza mutua entre el actual presidente y quien quiere refundar el calderonismo.

En cambio, con Enrique no hay peñismo alguno. Desde enero del 18, el presidente priísta supo que AMLO ganaría la elección y en febrero sus encuestas se lo ratificaron rotundamente. Desde entonces hubo un acuerdo de mutuas conveniencias. Ya la visita del 3 de julio, del supuesto pacto secreto, fue nada más de cortesía. López Obrador empezó a gobernar incluso antes de ganar la elección. Por eso está aplicando la máxima juarista: a los amigos justicia y gracia, a los enemigos la ley, a secas.

Ricardo Rocha

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