En 2014, el Programa Operativo de Sanidad Forestal registró 140 mil 399 hectáreas de bosque mesófilo en Hidalgo, pero no hay cifras actualizadas

El activista exhortó a fortalecer la vigilancia y aplicar sanciones reales a quienes dañen los bosques
Foto: Salomón Hernández
Los bosques mesófilos de montaña que cubren gran parte del territorio de la Sierra Alta de Hidalgo atraviesan una crisis silenciosa. La tala clandestina, los incendios forestales y los efectos del cambio climático amenazan su biodiversidad, comprometen la capacidad de captación de agua y ponen en riesgo la funcionalidad ecológica de este ecosistema.
Anselmo López León, representante de la organización ambiental Huasteca Verde, advirtió que la pérdida de cobertura forestal en la región es alarmante.
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“La destrucción de estos bosques significa menos agua, menos oxígeno y menos vida. Estamos perdiendo especies endémicas y recursos vitales que no se pueden recuperar de un día para otro”, señaló.
De acuerdo con datos de Global Forest Watch, Tlanchinol perdió 120 hectáreas de bosque natural en 2020, a pesar de que hay suspensiones de permisos forestales en varias zonas. Reportes locales confirman que la tala clandestina continúa operando sin freno, alentada por la demanda de madera y la falta de vigilancia efectiva.
El activista comentó que el bosque mesófilo de montaña en Tlanchinol es un santuario natural. Su flora incluye árboles como el liquidámbar, encinos y pinos, además de epífitas como orquídeas, bromelias y helechos arborescentes.
En su fauna destacan mamíferos como el tigrillo y el oso hormiguero, aves como el colibrí y otras especies endémicas, además de anfibios, como ranas y salamandras, y una amplia diversidad de insectos, desde mariposas hasta escarabajos.
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En 2014, el Programa Operativo de Sanidad Forestal registró 140 mil 399 hectáreas de bosque mesófilo en Hidalgo, pero no hay cifras actualizadas que permitan dimensionar el daño actual. Mientras tanto, los pobladores ya perciben cambios: menos agua en manantiales, alteraciones en el clima local y pérdida de especies visibles.
Aunque hay programas de reforestación impulsados por los tres órdenes de gobierno, López León afirmó que el problema no se resuelve con plantar árboles sin frenar la tala inmoderada.
“Un pino tarda entre 50 y 100 años en alcanzar su madurez. No basta con sembrar, hay que proteger lo que aún tenemos y restaurar lo que se está perdiendo”, advirtió.
Señaló que la deforestación no solo erosiona el suelo y destruye hábitats, sino que también reduce la capacidad del bosque de captar agua y regular el clima. Esto podría traducirse, en el mediano plazo, en escasez del líquido para comunidades que dependen directamente de los manantiales y arroyos que nacen en estas montañas.
Organizaciones ambientales insisten en que es necesario fortalecer la vigilancia, aplicar sanciones reales a quienes destruyen el bosque y fomentar proyectos productivos sustentables.
“La gente necesita alternativas económicas, pero también un compromiso para salvar nuestro patrimonio natural”, dijo.
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