Hace seis años, perdió la vida un grupo de personas cuando una toma clandestina de hidrocarburo explotó, hecho que marcó para siempre al ejido de San Primitivo, en los límites entre Tlahuelilpan y Tlaxcoapan

Pobladores de varios municipios se habían reunido para recolectar combustible
Foto: Archivo
Desolado y silencioso, el predio en el que una explosión hace seis años provocó la muerte de 137 personas parece atrapado en el tiempo, pues entre la aridez del terreno surgen brotes de hierba que buscan el sol con timidez, mientras, en un rincón, un montón de tierra cubre la denominada zona cero de Tlahuelilpan.
Ahí, hace seis años, perdió la vida un grupo de personas cuando una toma clandestina de hidrocarburo explotó, hecho que marcó para siempre al ejido de San Primitivo, en los límites entre Tlahuelilpan y Tlaxcoapan.
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A solo 15 minutos de la cabecera municipal de Tlahuelilpan, ese lugar tranquilo se transformó el 18 de enero de 2019 en el epicentro de la tragedia.
Esa mañana, un olor acre de combustible inundaba el aire, lo que atrajo a decenas de personas hacia un terreno rodeado de cultivos.
Un ducto perforado lanzó por los aires miles de litros de hidrocarburo, un espectáculo tan alarmante como irresistible para habitantes de la zona y hasta para los que transitaban por ahí, un llamado a la desgracia que nadie imaginaba.
La calma se rompió al caer la tarde en Tlahuelilpan. A las 18:58 horas, según los registros periodísticos, el ducto se convirtió en un infierno, pues una explosión, seguida de una llamarada monumental, iluminó el cielo y arrasó con la vida de 68 personas al instante y mandó al hospital a otros 69.
Seis años después, el predio luce como una herida abierta que el tiempo intenta sanar.
Ubicado entre los límites de Tlahuelilpan y Tlaxcoapan, en el camino hacia la comunidad Teltipán, el terreno es testigo del lento regreso de la naturaleza.

Lo que alguna vez fue un campo de cultivo, ahora está cubierto de maleza, recuerdos y surcos de canales de riego olvidados.
Sin embargo, el recuerdo permanece vivo entre las cruces y criptas que adornan este lugar. Cerca de 60 monumentos improvisados se levantan en memoria de las víctimas.
Cada año, sus familias se congregan para limpiar el terreno, cortar la hierba y dejar flores o cualquier ofrenda.
La pequeña entrada de terracería que conduce al predio, donde apenas puede acceder un vehículo a la vez, parece un umbral al pasado y más en el silencio que se guarda en un lugar donde hubo tragedia.
Al avanzar, las cruces flanquean el camino, mientras al fondo los canales de riego, ahora contaminados e inutilizables, se pierden entre el abandono.
Cada cripta cuenta una historia. Algunas reflejan los gustos de quienes fallecieron, pues fueron adornadas con dibujos, frases a su memoria.
Otras, en cambio, son más sobrias, con simples cruces de madera o materiales improvisados, lo que deja entrever las dificultades económicas de las familias.
Los lugareños, que aún recuerdan con claridad aquel día, han aprendido a convivir con la tragedia.
El predio es más que un lugar, es un recordatorio constante de las consecuencias del robo de combustible, que a decir de autoridades municipales todavía prevalece en la zona.
Seis años han pasado, pero para quienes perdieron a sus seres queridos, el tiempo no mitiga el dolor. Las heridas siguen abiertas, al igual que la tierra de San Primitivo, donde la hierba intenta recuperar el espacio que un día le fue arrebatado por el fuego y la tragedia.
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