Reconoce que agresiones físicas, psicológicas y económicas marcaron su vida en pareja

Se concentró en ser “buena esposa y mamá”, pero a la violencia psicológica y física se sumó la violencia económica a la relación
Debido a la violencia en el seno familiar, a los 17 años, Lizbeth salió de su hogar, sin darse cuenta de que su mayor apoyo, su novio, se convertiría en un violentador físico y psicológico en su vida adulta, sobre todo desde su embarazo.
Actualmente, Lizzie, como la llaman de cariño, tiene 33 años y se desarrolla en su trabajo junto a su hija fuera de Hidalgo. Recuerda que 16 años atrás, ya en pareja, continuó su historia de violencia familiar porque no conocía ni contaba con redes de apoyo; creció con la idea y esperanza de que una persona la “vendría a rescatar”, pero no fue así.
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Recuerda que cuando se embarazó, familiares de su pareja y amigos comenzaron a presionarla con la idea de que ya no podía continuar su vida con normalidad, porque “como mujer, debía ser mamá” y permitir que su esposo acudiera a fiestas.
La violencia psicológica se acentuó cuando excompañeras de universidad de su expareja llegaron a decirle que “era muy poca cosa para él”, así como a recriminarle que debió abortar para evitar la situación. Tras dar a luz, la violencia física apareció.
Por cuestiones laborales, en 2017 dejaron Pachuca y se mudaron a Xalapa, Veracruz; ella recuerda que se concentró en ser “buena esposa y mamá”, pero a la violencia psicológica y física se sumó la violencia económica a la relación.
Fueron dos vivencias las que la hicieron dejar esa relación: la primera, cuando su hija reía al narrar que un amigo de su mamá (pues no le decía papá) la golpeó; la segunda, cuando la pequeña, de solo cinco años de edad, le pidió que buscara ayuda.
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En perspectiva, Lizzie reconoce la vida de violencia que tuvo que soportar “por amor”, por ignorar las conductas de maltrato para compensar las carencias de su infancia. Un ciclo que logró romper para que su hija no los repitiera.
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