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Entre el crimen… y el silencio: Diego Santoy a 15 años del delito

Con cubrebocas y mascarilla, un Diego Santoy Riveroll distante, de grandes entradas en la frente y robusto


Diego Santoy, uno de los asesinos más mediáticos de los últimos años habla de su origen, su reclusión y, de nuevo, siembra intrigas en torno al suceso oscuro que hace 15 años impactó a Monterrey.

“A ver, voy a ser bien claro desde ahorita: sobre procesos, sobre los hechos y sobre la familia no voy a hablar, voy a hablar sobre mi estancia aquí en la institución y de las cosas que hago aquí. ¿Correcto?”.

Con cubrebocas y mascarilla, un Diego Santoy Riveroll distante, de grandes entradas en la frente y robusto -dice que no ha ido al gimnasio por la pandemia-, fue claro al inicio del encuentro en un espacio del Penal de Cadereyta, donde está desde el 2006. Ahora tiene 36 años.

-¿Recuerdas a ese Diego antes del 2006?, ¿Cómo lo describes?

“A ver, ¿cómo?”, contesta, evasivo.

-¿Cuál sería la característica que destacarías de aquel Diego tan joven?

“No sé”.

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Esto llevará tiempo con el hombre sentenciado inicialmente a 138 años, pero cuya pena se redujo a 71 años, aunque no puede estar más de 40. En el 2020 se reabrió su caso y se espera una nueva sentencia, muy seguramente similar a la primera.

Que el silencio es decisión suya, comenta, no de sus abogados. Luego, dialogará sobre su idea de Dios y el Salmo 23, pero si se le pregunta más tampoco dice gran cosa: ideas vagas, trilladas. Se acercó un tiempo a Dios por la joven con la que casó y divorció, presidenta de un absurdo club de fans con la que incluso tuvo un hijo.

Cuenta con cierto entusiasmo del ejercicio físico que ya no hace, de la confección de cosas de piel: carteras, cintos que se llevan sus familiares para vender y de la orientación educativa a internos analfabetas.

También, de alguna lectura trascendente, por ejemplo, cómo dejar de fumar, que le sirvió porque no ha tocado un Marlboro en un año, siendo que fumó desde los 15, 16 años. Apenas hablará de lo que es vivir en un penal, los motines, las masacres.

“Son experiencias que te deberían de impactar, son cosas que quisiera que no volvieran a pasar, no verlas, no estar presente”, afirma y luego acusa sin destinatario:

“Son cosas de ustedes (los medios) que en los centros (penitenciarios) hay pura gente malvada, gente perversa.

No, es gente como tú, como cualquiera, gente en la que puedes confiar, gente que no, ya depende de cómo lleves tú la relación, qué tipo de persona es la que conoces”.

Diego presume que ha tenido buena relación con internos, incluso gente con la que no pierde contacto, ya libre, y que “te echan la mano, están contigo, saben lo que es vivir en un lugar así”. Ni idea en qué le pueden echar la mano.

-¿Cómo es vivir en un lugar así?

“Al principio es complicado (las indicaciones, las restricciones, los horarios), pero más que nada es encontrar el qué hacer, y yo creo que lo más importante es tener una buena relación con la familia”.

Agrega: “Lo que más me afecta es no tener visita, contacto físico con la familia”.

-¿Qué sientes cuando pasan una vez más tu historia en la tele?

“No sé”, dice y sonríe más tarde: “Ves las noticias porque son de la ciudad, pero es lo mismo todos los días”.

-Accidentes.

“Exacto”.

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-Feminicidios.

Asiente con la cabeza.

“Espero que un día todo se aclare.”, alcanza a decir, pero cómo creer que hay otra versión. Entonces mira por primera vez el micrófono.

-Háblame de algunas definiciones. Tu definición personal de la vida.

“Caray. pues. no, no tengo definición. La vida es una experiencia”.

-¿Y la muerte?

“(Balbucea) Depende. La muerte puede ser el principio, la muerte física. Es el principio de otra vida”.

-La piedad.

“Caray. la piedad. Misericordia”.

-¿Cómo describirías la misericordia?

“No estoy seguro”.

-El dolor.

“(Asiente con la cabeza) No.”.

-El arrepentimiento.

“Arrepentimiento.”.

-¿Igual, no?

“No”.

-La libertad.

“Tampoco”.

-Claro que tienes una definición, ¿qué vas a hacer cuando salgas?

“No estoy seguro”, musita. “Me lo guardo para mí”.

-Bien. Si tuvieras la posibilidad de revivir el 2006.

El asesino toma el micrófono y lo apaga.

Daniel de la Fuente
Agencia Reforma

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