Desde su llegada en 2012 hasta su salida por lesión, Hernández se ganó el respeto con esfuerzo diario, liderazgo silencioso y títulos que marcaron época

Jorge Burrito Hernández, símbolo de entrega tuza durante casi una década. Foto: David Martínez
El Club Pachuca siempre ha tenido ídolos, pero pocos representan tanto la esencia del club como Jorge el Burrito Hernández. Quizá no fue el más mediático ni el más goleador, pero sí el que más corrió, el que más peleó, el que más sintió los colores.
Nueve años y medio bastaron para que el potosino se volviera parte del alma tuza, siendo un jugador que ponía el cuerpo y el corazón por igual, que hacía del sacrificio una virtud y del compromiso una bandera. En cada pelota dividida dejó claro que ser del Pachuca no es solo jugar, es defender una identidad.
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La historia comenzó en el verano de 2012. Jorge jugaba en Jaguares y recién había participado en el Torneo Esperanzas de Toulon –hoy conocido como Maurice Revello– cuando recibió la noticia del interés del Pachuca.
“Yo creo que no lo he platicado mucho. Justo estaba en Toulon cuando me dicen del interés. Regresé a Jaguares y me avisan que Pachuca me quería. La verdad, sí la dudé, pero no por venir acá, sino por la competencia que sabía que habría”, relató el Burrito en entrevista con La Copa TV.
Hernández recordó que aquel Pachuca llegaba con una nómina con Segundo Castillo, Alberto Venado Medina, Raúl Tamudo, Kevin Rojas, Nery Castillo y Paulo da Silva. Era un plantel ambicioso, pero también un reto para un mediocampista joven que, hasta entonces, tenía la titularidad asegurada en Chiapas.
“Yo sabía que en Jaguares tenía mi lugar, pero si quería crecer, tenía que venir a Pachuca y ganarme un puesto”, abundó.

La decisión marcó su carrera. Llegó con Hugo Sánchez en el banquillo de los Tuzos y un proyecto lleno de expectativas; sin embargo, los resultados no acompañaron y el primer torneo fue más aprendizaje que gloria; incluso, admitió entre risas, estuvo cerca de salir: “Si no mal recuerdo, el primer torneo me expulsan una o dos veces. La gente me abucheaba. Yo decía: ‘Ya valí, este va a ser mi primer y último torneo’. Pero me aferré”.
Con el paso de los torneos, Hernández se consolidó y pasó de ser una promesa a convertirse en el equilibrio táctico de un Pachuca en reconstrucción.
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“El puesto te lo ganas en el día a día. Me acuerdo que cuando llegó el profe Meza me dijo: ‘Yo a ti no te veo en tu nivel, te quería llevar a Cruz Azul, pero ahora te vas a quedar a entrenar 30 minutos más para que recuperes ese nivel’. Desde ahí me quedó claro: el esfuerzo no se negocia”, compartió.
Esa ética de trabajo lo mantuvo en el once durante casi una década. Llegaran o se fueran compañeros, el Burrito siempre fue titular. No por apellido, sino por consistencia.
“Coincidí con grandes jugadores. Con el Guti (Erick Gutiérrez) me entendía muy bien, también con (Rodolfo) Pizarro. Pero lo importante era que todos empujábamos hacia el mismo lado”, dijo.
Con Enrique Meza al mando, Pachuca alcanzó la final del Clausura 2014. Cayeron ante León, pero aquel grupo empezó a escribir una historia distinta. Dos años después, con Diego Alonso, el esfuerzo encontró recompensa, siendo campeones del Clausura 2016 ante Monterrey, en una de las finales más recordadas del club.
“Ese título fue el que más disfruté. Ganarle una liga en México a Rayados, en su casa, fue algo muy especial. Y más por cómo se dio, con la tacleada salvadora (…) Fue una locura”, expresó.
Ese campeonato, sumado a la Concachampions 2016-2017 y al tercer lugar en el Mundial de Clubes 2017, consolidó al Burrito como uno de los símbolos de la época moderna de los Tuzos.
“Son cosas que me quedaron muy marcadas: los campeonatos, el Mundial de Clubes. Estar ahí no es nada fácil, y más terminar terceros del mundo. Eso te deja huella”, declaró.

En esos años, Pachuca también se convirtió en una cantera de talentos, con la aparición de Erick Gutiérrez, Rodolfo Pizarro, Hirving el Chucky Lozano, Erick Sánchez, Kevin Álvarez, entre otros y todos pasaron por el mismo vestidor en el que el Burrito ejercía un liderazgo sin gritos.
“A los jóvenes siempre tratábamos de ayudarlos. Pero también era mérito de ellos, porque se dejaban guiar. Sabían escuchar. Cuando alguien con experiencia te dice algo, es para ayudarte. Y estos chavos tenían muy claro lo que querían”, señaló.
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Durante su ciclo, trabajó con nombres que marcaron generaciones, desde Hugo Sánchez, Enrique Meza, Diego Alonso, Martín Palermo y Paulo Pezzolano. De todos aprendió algo.
“El profe Meza para mí es el número uno. Diego Alonso también tuvo mucho que ver, era muy dedicado. Martín y Gaby Caballero eran excelentes personas, aunque a veces les faltó mano dura. Hugo, una chulada como persona: si tenías un problema, te ayudaba. Siempre buscaba que estuvieras bien dentro y fuera de la cancha”, analizó.

Todo parecía encaminarse a un cierre redondo hasta que una lesión contra Cruz Azul lo obligó a detener el paso. Cinco meses fuera que terminaron encaminando su salida de la Bella Airosa: “Me marcó mucho. Después de eso sentí que bajé un poco el nivel. Hice la recuperación, pero no fue igual. Fue una de esas lesiones que te cambian la carrera”.
Aquel episodio fue el punto de inflexión, pues al regresar, la competencia era más fuerte, y aunque seguía siendo un referente, la decisión institucional lo llevó a Querétaro. El ciclo se había cerrado, pero no su vínculo con los Tuzos.
A casi cuatro años de su salida de la institución, el Burrito sigue siendo una figura querida en Hidalgo. En cada visita, los aficionados lo reconocen, lo saludan, le piden fotos. Él, lejos de la cancha, sigue disfrutando ese vínculo que el tiempo no ha borrado.
“La gente me sigue mostrando cariño. En la calle, en el estadio, los niños que se acercan. Es muy padre. Ya no como jugador, pero como persona, eso lo disfruto mucho”, agradeció.
“A mí me hubiera encantado retirarme en Pachuca. Aunque no jugara mucho, poder ayudar a los chavos, estar ahí. Pero me quedo con todo lo que viví. Me siento agradecido con el club y con la gente”, concluyó.
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