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El Mundial, una tregua


Es el turno de Rusia.  Como cada cuatro años, el mundo volverá a sumergirse en la dinámica del balón, incluso aquellos que aseguran, con el pecho y el ego hinchados, que no les interesa el futbol.

Se vienen cambios en los horarios de trabajo, en las escuelas y en las dinámicas familiares. Los 64 partidos de la Copa del Mundo reconfigurarán los hábitos más estrictos, las cascaritas callejeras resurgirán y hasta el más cínico mantendrá la esperanza de que México, a pesar de los pronósticos poco favorables, hará un buen papel.

La emoción será la misma en Moscú que en Monterrey, los goles se gritarán con idéntica pasión en Madrid que en El Cairo y las derrotas se sufrirán tanto en Tokio como en Buenos Aires.

A pesar de la corrupción de la FIFA, de Trump en la Casa Blanca o de los fundamentalistas de cualquier religión, Rusia 2018 representa una tregua. No peco de idealista. El futbol, con los millones que mueve, no es suficiente para resolver nuestros problemas, y en no pocas ocasiones funciona como tapadera de negocios sucios o de distractor para favorecer a gobiernos desinteresados en la educación de su población, más aún, en el caso mexicano, en época electoral. Pero, como dijo Maradona en su despedida como futbolista: “La pelota no se mancha”.

Y es que cuando ruede el esférico, cuando se anoten los primeros goles y la red empiece a llenarse de memes, cuando los resúmenes y repeticiones de los encuentros inunden las pantallas y las crónicas periodísticas nos cuenten las hazañas de Messi, Cristiano, Neymar e Iniesta, la ilusión se renovará y volveremos a un hogar común: el del juego.

Es el turno de Rusia y promete mucho: no partidos perfectos, pero sí estampas para recordar. El torneo puede ser la consagración del 10 del Barcelona o el 7 del Madrid, representar la victoria de la maquinaria teutona o la poesía española (más catalana que española, dirían algunos). Quizá el Mundial nos muestre el surgimiento de una estrella hasta ahora menospreciada o los días de gloría de un futbolista anodino que tocó el cielo durante sólo un mes.

Es turno de Rusia, y esperamos que cumpla. El Mundial de 2014 llevó la tan conocida fiesta brasileña a las canchas y tribunas para culminar con la penitencia católica que significó el 7-1 en el Mineirao y la derrota de la Pulga ante Alemania.  Sudáfrica, en 2010, nos mostró el empuje de todo un continente y los esfuerzos de su población (representada en Ghana y no en el equipo anfitrión) por trascender ante los ojos del mundo. Ahora, un país de escritores, políticos y músicos que nos muestran los rincones más oscuros del ser humano, es el encargado de la fiesta. Rusia no será campeona del mundo, pero quiere mostrar de lo que es capaz y no defraudará.

 

Alfonso E. Robles

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