Una fiesta que viene de lejos

Una fiesta que viene de lejos

La celebración Día de Muertos en México es muy antigua y ha tenido diversas interpretaciones, asegura Raúl Macuil Martínez, doctor en Arqueología y estudioso del Centro de Investigaciones Históricas y Culturales de la Secretaría de Cultura de Hidalgo.

La fiesta nació en la época prehispánica y coincidía con el tiempo de las cosechas, en el que pueblos y comunidades indígenas levantaban el fruto de su trabajo y lo compartían con los fallecidos y los vivos.

En el mundo antiguo existían dos ceremonias dedicadas a los muertos: la fiesta de los difuntos y la gran fiesta de los difuntos, lo que se ha documentado en varios códices antiguos, como el Tudela, libro pictográfico con escritura en español, y el Ixtlilxóchitl, en el que se ven las celebraciones a los dioses con altares de flores de cempasúchil y manita de león.

El investigador señala que está extendida la idea de que el mundo prehispánico era muy violento y a los señores les gustaba ofrendar sangre a las deidades. Y aunque estos rituales sí ocurrían, no eran frecuentes, ni siquiera cada año.

“A la gente elegida para encarnar a un dios se le cuidaba y alimentaba como una deidad, que se veneraba durante un año y antes de la llegada de la fiesta, se le ofrecían dos semanas de ayuno con atole, tortillas y chile. Cuando llegaba el tiempo de la fiesta él era sacrificado.

“Se piensa, gracias a los religiosos españoles, que esta práctica fue habitual en el mundo prehispánico como si fuera algo relacionado con la  brujería, pero no”.

De acuerdo con el doctor Macuil, en la actualidad en las casas de las comunidades indígenas se coloca una ofrenda tradicional: con flores, velas, agua y alimentos para los ancestros. Aunque, aclaró, “tenemos fuerte influencia del mundo moderno”.

“El abrirnos al exterior para mostrar las celebraciones del día de difuntos también ha traído que tanto en la zona urbana como pueblos haya altares en los que se colocan refrescos de cola o cigarros. Incluso, antes no se usaban velas, sino las ramas de ocote.

“Las comunidades siguen adaptándose al mundo moderno, poniendo lo que le gustaba a los difuntos. Vivimos en una sociedad dinámica”, agregó. Hoy en día, la Huasteca es una explosión de colores, música y danza; en los poblados del Valle del Mezquital y Sierra Oriental, se vive de una forma un poco más solemne y la gente es más recogida para venerar; en la zona náhuatl de la Sierra, como Lolotla o Acaxohitlán, el ritual se vive con el chocolate, el mole y el cempasúchil.

 

Sara Elizondo I Pachuca

 

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