Desde Hidalgo hasta Veracruz, estas piezas son las protagonistas de la fiesta
La comunidad de Carpinteros, ubicada a 30 minutos de la cabecera municipal de San Agustín Metzquititlán, es una de las principales productoras de máscaras de carnaval elaboradas de forma artesanal en los cinco talleres que ahí se encuentran.
En esta ocasión visitamos Máscaras Castillo, un taller con una tradición de dos décadas en la familia, cuyas piezas se pueden ver cada año en las verbenas y recorridos que se realizan en la región, previo a la temporada de Cuaresma.
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En entrevista, Rafael Castillo, líder de este espacio, donde actualmente colaboran al menos cinco personas más debido a la gran demanda de máscaras, comentó que el taller comenzó actividades de manera formal en 2009, aunque desde 2004 su padre ya fabricaba máscaras de carnaval. Sin embargo, esta tradición local en Carpinteros tiene más de cien años, según relatan sus habitantes.

La innovación de Rafael en la elaboración de sus piezas radica en algunos elementos adicionales que ha agregado a las máscaras de payaso y diablo, como pelo y luces, lo que las hace más atractivas para los compradores provenientes de diferentes municipios de la región. Entre estos destacan Zacualtipán, Metztitlán y San Agustín en Hidalgo, así como Huayacocotla, Tlachichilco, Tezca y Zacualpan en Veracruz.

Aunque para el artesano siempre es importante cumplir con las preferencias y gustos de sus clientes, son ellos quienes llegan con ideas y diseños específicos, “pero sin olvidar los orígenes y la tradición del pueblo”.
Para la temporada de carnaval, las máscaras más solicitadas son las de diablo, payasos, viejos, animales y muertes. “Ahorita todo se hace sobre pedido, pero a lo largo del año también se trabajan máscaras para la venta. Además de esta temporada, otra muy fuerte es la de Todos Santos o Xantolo en la Huasteca”.

En un año, en Máscaras Castillo, se fabrican un promedio de 400 piezas. Al terminar la temporada, el taller no se detiene y todos los estantes se vuelven a llenar. Los costos son muy variables, desde los 450 pesos (para la máscara más sencilla) hasta las de 8 mil o 10 mil pesos.

Rafael detalló que el proceso comienza con la búsqueda del tronco del árbol de colorín, eligiendo aquel que no tiene demasiados nudos. Después, se lleva al taller, donde se le da forma circular y se talla durante tres o cuatro horas. Posteriormente, se deja secar durante una semana (o dos días, según la urgencia) para que pueda lijarse. Luego se quema con un soplete. Si la pieza lleva cuernos, estos se ensamblan y pegan con resistol y aserrín, y posteriormente se empastan para obtener una textura más fina. Finalmente, se pintan y se les colocan detalles como pelo, luces o el ojo de cristal.
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Para Rafael, su oficio es motivo de orgullo. “Es un gusto ver que el público ha aceptado mi trabajo. Aquí ya se realizaban máscaras, pero he marcado mi estilo, y es un orgullo que más artesanos vayan siguiendo esa línea que tracé”.
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