Más que una conmemoración, es un recordatorio de la lucha histórica por la equidad de género y de la responsabilidad compartida que tenemos para construir un mundo más justo y es justamente el fin de semana que tuvimos una fecha clave para la sociedad, no solo para las mujeres, sino para todos: el Día Internacional de la Mujer.

Berenice Estrada
Más que una conmemoración, es un recordatorio de la lucha histórica por la equidad de género y de la responsabilidad compartida que tenemos para construir un mundo más justo y es justamente el fin de semana que tuvimos una fecha clave para la sociedad, no solo para las mujeres, sino para todos: el Día Internacional de la Mujer.
El 8 de marzo tiene sus raíces en el movimiento obrero del siglo XX, cuando miles de mujeres alzaron la voz por mejores condiciones laborales, el derecho al voto y la igualdad de oportunidades. En 1977, la ONU reconoció esta fecha como un día de lucha y reflexión, no como una celebración vacía. Es una fecha que nos invita a cuestionarnos cuánto hemos avanzado y cuánto nos falta por recorrer.
Hoy en día, las mujeres siguen enfrentando múltiples formas de violencia: la violencia física, que se traduce en agresiones y feminicidios; la violencia psicológica, que desgasta la autoestima y limita las oportunidades; la violencia económica, que restringe la autonomía de muchas mujeres al mantenerlas en situaciones de dependencia; la violencia laboral, que se manifiesta en la brecha salarial y en la falta de oportunidades de crecimiento, y la violencia digital, que ha encontrado en las redes sociales un nuevo espacio para el acoso y la intimidación. Cada una de estas formas de violencia es una barrera para el desarrollo de una sociedad equitativa y pacífica.
Uno de los desafíos actuales en esta lucha es acabar con los micromachismos, esas conductas sutiles y normalizadas que perpetúan la desigualdad. Comentarios como “ayudar en la casa”, en lugar de asumir que el hogar es una responsabilidad compartida, el cuestionamiento a la capacidad profesional de una mujer por su género o la justificación de ciertos comportamientos con frases como “así son los hombres” son ejemplos de cómo el machismo sigue presente en nuestra vida cotidiana. Erradicar estas actitudes no es un capricho, sino un paso necesario para construir una sociedad más justa.
Sin embargo, es importante entender que esta lucha no se trata de una separación entre hombres y mujeres. No es una competencia ni una guerra de géneros, sino un llamado a reconocernos como seres humanos con los mismos derechos y dignidad. Se trata de actuar con coherencia, de aplicar la igualdad en el día a día, de respetarnos mutuamente sin distinciones. Porque el feminismo no busca desplazar a nadie, sino asegurar que todos tengamos las mismas oportunidades.
Construir una sociedad en armonía es responsabilidad de todos. Desde la forma en que educamos a las nuevas generaciones, el lenguaje que utilizamos, hasta las pequeñas decisiones que tomamos en casa, en el trabajo o en la calle. Cada ciudadano tiene la posibilidad de aportar a este cambio: los hombres, cuestionando sus privilegios y apoyando la equidad; las mujeres, exigiendo sus derechos sin miedo; las instituciones, garantizando políticas de igualdad, y la sociedad en su conjunto, entendiendo que la justicia y la equidad benefician a todos.
No podemos seguir esperando que el cambio venga solo desde las leyes o las instituciones. La verdadera transformación empieza en cada uno de nosotros, en la forma en que nos relacionamos, en cómo educamos a nuestros hijos, en cómo actuamos cuando somos testigos de una injusticia. El Día Internacional de la Mujer no es solo un recordatorio de lo que se ha logrado, sino una invitación a seguir construyendo un mundo en el que el respeto y la equidad sean la norma, no la excepción.
Porque al final, no se trata de hombres contra mujeres, sino de personas trabajando juntas por una sociedad más justa. Y esa es una lucha en la que todos debemos estar comprometidos.