Hoy más que nunca, vale la pena mirar hacia adentro y preguntarnos: ¿cómo estoy contribuyendo a la sociedad que quiero ver? Porque la respuesta está ahí, en lo que hacemos, en lo que permitimos y, sobre todo, en lo que enseñamos.

En los últimos días, México ha sido sacudido por hechos que nos invitan —o más bien, nos obligan— a hacer una pausa y preguntarnos: ¿en qué momento empezamos a normalizar la violencia y la falta de respeto como parte del día a día?
Uno de los casos más indignantes fue el de la señora Jovita, una abuelita de 70 años que fue agredida por una joven en plena calle, en Ciudad de México. El video, que rápidamente se volvió viral, muestra a esta mujer siendo golpeada e insultada sin razón aparente, mientras su esposo —angustiado— intenta detener la agresión, recordándole a la atacante que su pareja está enferma. La escena duele, no solo por lo que ocurre, sino por lo que representa: la pérdida de empatía, el desprecio por el otro, la crueldad en estado puro.
Y mientras eso pasa en una esquina de la ciudad, en otro escenario, en la Feria de San Marcos, el cantante Natanael Cano desafía abiertamente la prohibición de cantar corridos. Lo hace con prepotencia, como si las reglas no aplicaran para él. Y cuando le apagan el micrófono y las luces, simplemente se va. Ni una disculpa. Ni una palabra. Otro ejemplo más de cómo algunos entienden la fama como un permiso para hacer lo que quieran, sin asumir consecuencias.
Ambos casos pueden parecer distintos, pero tienen algo en común: reflejan una preocupante falta de límites, de respeto, de responsabilidad. ¿Cómo llegamos hasta aquí? ¿Qué estamos enseñando con nuestras palabras, nuestras acciones y hasta con nuestros silencios?
La violencia no empieza con los golpes. Empieza en casa, cuando no enseñamos a respetar. Cuando toleramos la burla, el desprecio, la falta de empatía. Empieza cuando permitimos que nuestros hijos crean que “hacerse viral” es más importante que hacer el bien.
No todo está perdido. Aún hay muchas personas que trabajan cada día para formar mejores seres humanos. Pero necesitamos más. Más voces que digan “esto no está bien”, más ejemplos positivos, más consecuencias para quien lastima y más respaldo para quien actúa con valores.
Hoy más que nunca, vale la pena mirar hacia adentro y preguntarnos: ¿cómo estoy contribuyendo a la sociedad que quiero ver? Porque la respuesta está ahí, en lo que hacemos, en lo que permitimos y, sobre todo, en lo que enseñamos.
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